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Tomó mi mano —sus dedos eran finos y secos como ramas de olivo— (Imagen creada con IA)

Graciella: cierro los ojos y escucho

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La señora Graciella está en su casa. Vive sola. Es una mujer de edad avanzada, bordeando ya los ochenta años. Sin embargo, no parece cargar con ellos. Su espíritu es fuerte, vivaz, y siempre está de un lado a otro, como si llevara dentro un resorte invisible que no le permite detenerse. Me la encuentro con frecuencia por la calle, diligente, ocupada en sus quehaceres, arrastrando su carrito de mercado o arreglando plantas en los balcones del edificio.

Todos los domingos, a tempranas horas, la oigo ahí al lado. Lavando ropa. Restregando con energía, y regando sus plantas con esmero. A veces me parece que su presencia impregna todos los pisos del edificio, como si dejara rastros de agua, jabón y vida por donde pasa.

Sé que ella también me observa. Lo presiento. Intuye que estoy solo. Que ya no me acompaña nadie. Que he quedado solo en esta casa… solo con el perro, Mehmed, mi gran danés, testigo y cómplice de mis silencios.

Graciella siempre me saluda con su voz ajada, con esa entonación arrastrada que aún conserva los ecos de su acento italiano:

—¡Hola, Ricardo!

Y yo le devuelvo el saludo con afecto, siempre con un beso en la mejilla:

—¡Hola, señora Graciella! ¿Cómo está todo?

Así sucede cada vez que nos cruzamos. Ni ella entra a mi casa, ni yo a la suya. Hay una frontera tácita entre ambos, hecha de respeto, pudor y una cierta melancolía.

Un día ocurrió algo fuera de lo habitual. A Graciella se le trabó la puerta de su apartamento con las llaves adentro. Quedó varada en el pasillo, sin poder entrar. Le ofrecí mi casa, le abrí la puerta de par en par, pero no aceptó. Rechazó con amabilidad, con firmeza. Me sentí incómodo, como si hubiera invadido un terreno sagrado. Quería ser hospitalario, sí, pero entendí que no era el momento. Ella estaba ansiosa, contrariada por lo sucedido, ocupada en resolver su pequeño naufragio doméstico.

Le ofrecí ayuda y lo agradeció. Luego se marchó a buscar una solución, con esa entereza que solo tienen las mujeres que han vivido mucho.

Pasaron los meses. Una tarde cualquiera nos volvimos a encontrar, esta vez en la calle, cerca del edificio. Después del saludo de siempre, Graciella me miró con una expresión distinta. Sus ojos tenían algo de ceremonia, como si estuviera a punto de iniciarme en un rito.

—Detente por un momento. Respira… respira, pero esta vez hazlo con los ojos cerrados. Déjalos así —dijo con suavidad.

—Activa tu sentido auditivo.

Obedecí sin comprender qué pretendía. Cerré los ojos. No entendía qué carrizo quería lograr con eso, pero lo hice por ella.

Tomó mi mano —sus dedos eran finos y secos como ramas de olivo— y me dijo:

—Solo escucha.

Inspiré hondo, tratando de vaciar mi mente para seguirle el juego. Y entonces sucedió: escuché. Escuché de verdad. Al principio, la moto que se acercaba desde lo lejos, ese zumbido mecánico que para muchos es señal de alerta. Me crispé un poco, y dentro de mí resonó un pensamiento primitivo: “¡Mosca!”.

Después, un perro ladraba sin cesar, como si disputara su lugar al viento. Era un ladrido monótono, casi litúrgico, que se repetía cada poco segundo. Desde alguna ventana, llegaban murmullos dispersos: trozos de conversación desmembrados por el viento, risas apagadas, palabras que morían antes de llegar a destino.

Y entonces, el sonido filoso de una sierra eléctrica rasgó el aire. Su chillido estridente chocaba con el hierro y se deshacía en vibraciones metálicas, como si alguien torturara a una nota musical. El eco rebotaba entre los edificios, entrelazándose con el martilleo distante de algún obrero que seguía domando el concreto. Era como si la ciudad estuviera en eterna reparación.

Los pájaros también tejían su concierto: unos trinos suaves, casi suspiros en el follaje, contrastaban con el graznido brutal de las guacamayas —áspero, desafinado, como una carcajada de otro mundo— y el bullicioso parloteo de los loros, que competían con el tráfico como niños inquietos. Más allá, un silbido largo y agudo atravesaba la tarde: el llamado de un vigilante o el pregón de un vendedor callejero: “¡Café! ¡Café, cigarros, café!”

El rugido de un autobús al frenar estremeció el suelo, seguido del lamento agudo de los frenos, que chirriaban como si protestaran. El timbre de una bicicleta sonó breve, tintineante, infantil.

Una alarma se activó de pronto —ese sonido insoportable, repetitivo, que parece querer perforarte el cráneo. Luego, una voz rompió el aire, afilada como un cuchillo: “¡Mono!”. Y casi al instante, otra más doméstica, apurada por la inminencia de la lluvia: “¡Carmen, recoge la ropa!”. Las primeras gotas comenzaron a caer. Se escuchaban el tamborileo sobre los techos de los carros y los pasos apurados de quien corre por la acera, el chapoteo de unos zapatos al romper un charco recién nacido.

Todo sonaba a vida en movimiento.

Graciella soltó mi mano. Tal vez por la lluvia. O tal vez porque el ejercicio —que quizá llevaba tiempo ideando— había llegado a su fin.

Entramos al edificio. Me miró y dijo con voz serena:

—Respira y escucha siempre. Desde ahí podrás contar muchas historias.

Y luego subió a su apartamento. Sus pasos eran lentos, sí, pero firmes, casi musicales. Subió sin mostrar cansancio, sin aparentar su edad. Se fue dejándome con una sensación difícil de nombrar, como si hubiese destapado algo que yo mismo había olvidado.

Supe entonces que ella sabía. Que me observaba, sí, pero no con lástima, sino con una silenciosa compasión. Había percibido mi aislamiento, la rigidez con que me movía por los días, como un autómata atrapado en su propia rutina. Y por eso me detuvo. No para hablarme, ni consolarme, sino para darme un gesto —simple, profundo— que rompiera la costra del automatismo.

Me regaló una pausa. Un respiro. Y en ese respiro, una forma distinta de estar en el mundo. Escuchar. Estar presente. Reconocer que incluso en el caos hay música, y que tal vez, a través de ella, se pueda volver a habitar la vida con otra mirada.

Desde entonces, cada tanto, cierro los ojos y escucho.

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