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Museos para no olvidar

Tenía seis años, quizá siete, cuando mi madre me llevó por primera vez al Museo del Prado. Era una niña flaca, con trenzas apretadas y las rodillas manchadas de aventuras. Había llegado a España como quien atraviesa el espejo de Alicia: con los ojos bien abiertos y una mezcla temblorosa de miedo y maravilla. Madrid era para mí una ciudad de acentos graves, relojes que no perdonaban la siesta y paredes que susurraban historias si uno se quedaba quieta el tiempo suficiente.

Recuerdo que hacía frío. Un frío madrileño, seco y de piedra antigua. Al cruzar el umbral del Prado, el mundo cambió de tono: se volvió dorado, solemne, casi sagrado. Caminé entre Velázquez y Goya como quien camina por la memoria de otro. Me detuve ante “Las Meninas” sin saber que estaba frente a una de las obras más observadas, más estudiadas, más interpretadas de la historia. No entendí nada, por supuesto. Pero algo en mí —algo animal, primitivo— supo que aquello importaba. Que esa sala contenía más humanidad que cien libros de historia.

Desde entonces, los museos han sido para mí templos de lo invisible. No del silencio, porque los museos hablan. Gritan a veces. Pero sí de lo profundo. Son lugares donde el tiempo se queda quieto a observarnos. Y como dijo el arquitecto Renzo Piano: “Un museo es un lugar donde uno debería perder la cabeza”. No por locura, sino por esa euforia que da el comprender, de golpe, que no estamos solos. Que otros también amaron, perdieron, resistieron. Que también soñaron con flores que no mueren, como pintó Frida Kahlo.

Hoy es 18 de mayo, Día Internacional de los Museos. Es domingo. El sol resbala lento por las fachadas, y allá afuera el mundo sigue girando como un trompo obstinado. Pero en los museos hay algo que no gira: permanece. Se resiste a desaparecer. Y eso, en estos tiempos líquidos y veloces, ya es una revolución. Pienso en Picasso y su famosa frase: “Dadme un museo, yo os lo lleno”. Qué hombre. Qué certeza. Un museo no es solo paredes y vitrinas. Es un acto de fe. Un gesto de confianza en que el arte, como el amor o la memoria, necesita un lugar para sobrevivir. Porque si no lo tiene, se desvanece.

Por eso me duele, me indigna, me abrasa la garganta cuando veo a jóvenes activistas arrojar sopa o pegamento sobre cuadros centenarios. Lo hacen, dicen, para hablar del planeta. Pero ¿qué planeta defienden si destruyen su alma? No es en la pintura donde arde el petróleo, ni en el lienzo donde se derriten los glaciares. El arte no es el culpable; es el testigo. El guardián de una belleza que ya es escasa. Y como escribió Renoir: “Si entre un millón de visitantes hay uno solo para quien el arte significa algo, eso basta para justificar los museos”. Los entiendo, en parte. El miedo, la rabia, la urgencia de alzar la voz. Pero hay otras formas de hacerlo. Romper un cuadro para salvar el mundo es como quemar un libro para enseñar a leer. Absurdo, cruel y contraproducente.

Hoy, los museos abren sus puertas como quien abre una carta escrita hace siglos. Si pueden, vayan. Vayan solos, con hijos, con abuelas, con amantes. Caminen despacio. Miren. Dejen que algo los toque. No hay que entenderlo todo. Basta con sentir. Con perder la cabeza un rato, como decía Renzo. Y si entran al Prado, tal vez aún flote por los pasillos la sombra de una niña con trenzas, la cabeza alzada hacia un cuadro que no comprendía, pero que ya amaba sin saberlo.

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