El día estaba envuelto en un gris denso, como si las nubes hubieran decidido asentarse sobre la ciudad y nunca más levantarse. La Avenida Bolívar, atravesada por un tráfico denso, se veía agitada por los motorizados al acecho, indomables ante los conos de seguridad que nada podían hacer para frenar su avance. Las palmeras, meciéndose al ritmo de un viento errante, parecían bailar al compás de una melodía sin dirección. Era como si la ciudad estuviera a la espera de algo que nunca llegaba.
Ramón, mi taxista de siempre, conducía sin prisa, como si el tiempo fuera algo que él había aprendido a domesticar. Sus auriculares grandes y negros parecían ser una muralla invisible entre él y el resto del mundo. No sabía qué música escuchaba, ni si acaso escuchaba algo en absoluto. A veces, pensaba que más que música, Ramón se sumergía en una especie de silencio sonoro, uno en el que el ruido de la ciudad no podía entrar. Y, sin embargo, había algo en sus movimientos, en su rostro tranquilo, que me decía que él también llevaba consigo el peso de esa ciudad que no cesaba de murmurar.
En cada giro del volante, en cada maniobra entre los coches, me sentía como una pasajera atrapada en un flujo que no me pertenecía, como si todo lo que ocurría a mi alrededor fuera solo un reflejo difuso de lo que Ramón veía. Él, tan inmerso en su propio universo de auriculares, parecía indiferente al caos del tráfico y a las interrupciones de los semáforos, esos faroles solitarios que iluminaban la ruta con una paciencia infinita.
A veces, sin previo aviso, el coche se detenía de golpe, y mi cuerpo era lanzado hacia adelante, aplastado contra el respaldo del asiento del conductor. Ramón ni se inmutaba. En esos momentos, su indiferencia era absoluta, como si el mundo que yo habitaba, con sus pequeñas incomodidades, no tuviera cabida en su mente. Yo, atónita, me acomodaba nuevamente, sin decir palabra, sabiendo que aquello formaba parte del trayecto, del viaje que, en su ritmo pausado y en su caos de frenazos, me ofrecía cada vez.
“¿Lo ves?”, me dijo de pronto, señalando el horizonte, donde el Centro Simón Bolívar se alzaba, majestuoso, bajo el cielo sombrío. “La ciudad siempre está cambiando, pero parece que nada se mueve, ¿no?”. Su voz, aunque grave, parecía suavizada por los auriculares que lo aislaban, como si su reflexión fuera dirigida solo a él mismo, sin necesidad de una respuesta. Y, mientras pasábamos por las obras en la vía, con los obreros trabajando bajo el mismo cielo gris, su mirada se mantenía fija al frente, como si estuviera buscando algo entre las sombras de la ciudad.
La imagen de Ramón, con sus audífonos y su semblante distante, se volvía cada vez más clara en mi mente: él era un hombre de tiempos pasados, un contador que había aprendido a ver el mundo como una ecuación matemática, donde todo tenía su lugar y su ritmo. Siempre me decía, muy serio, que jamás gastaría un solo centavo en comprar un café en la calle. «Nunca», repetía con firmeza, como si esa regla fuera una ley personal, inquebrantable.
Aquel viaje, bajo el cielo nublado y las luces rojas de los semáforos, me mostró una vez más que, en la vida de Ramón, el silencio no era solo una ausencia de sonido. Era un espacio en el que se mezclaban recuerdos, historias no contadas, y, quizás, también la música que él mismo había creado para poder resistir el ruido constante de la ciudad.