El arte es, posiblemente, el terreno donde la subjetividad reina a placer y desplacer. El gran pintor británico de origen alemán Lucian Freud planteaba que la función del arte era incomodar. Nieto de Sigmund Freud, supo introducirse en la psiquis humana y juguetear con aquello que suele ser poco aceptado visualmente, pintando de forma desenfadada cuerpos desnudos durmiendo, desprovistos de la pose cuidadosa y moralmente aceptada. Entre sus desnudos, un hombre podía aparecer desparramado, con los testículos y el escroto a sus anchas, además de la gordura natural y demás supuestos “defectos” humanos. Esa animalidad erótica, absoluta en su naturalidad, puede verse como “bella o fea” según las decisiones del artista. No en vano, las llamadas “estéticas de la fealdad” son un campo fértil para los irreverentes, como lo ha sido en nuestro país el gran Nelson Garrido.
Algunas de sus imágenes más intensas, entre otras, muestran animales atropellados en la vía, fotografiados de forma estructurada, densa, provocadora y nada convencional. Su propuesta abre significados amplificados sin hacer apología de la violencia: solo exhibe lo encontrado en la calle como nueva lectura estética de lo real, lo cotidiano visto como arte, no como amarillismo superficial. Louise Bourgeois lo resume de manera impecable: “El arte no es sobre el arte, es sobre la vida”.
Para Zamora Rodríguez, “el arte es un continente en expansión, un terreno que no tiene límites fijos ni fronteras establecidas. Como un faro en la distancia, ilumina el espacio sin mostrar el camino completo, invitándonos a crear el significado con nuestra luz interna”. Así, el arte nos enfrenta a lo fragmentado de nuestra existencia, pero también nos ofrece la libertad de construir sentido a partir de lo inacabado, como quien busca estrellas en un cielo nublado sabiendo que, aunque no siempre se ven, están allí.

Uno de los aportes más importantes del estructuralismo a la lingüística es el análisis de la relación entre el significante (la forma del signo) y el significado (el concepto al que remite). Ferdinand de Saussure postuló que el lenguaje está compuesto por signos arbitrarios, sin vínculo necesario entre palabra y cosa. Siguiendo esa línea, Roland Barthes señaló que el arte y los sistemas visuales permiten una “polifonía de significados”. Esta multiplicidad hace que el arte sea apto para la ambigüedad y la interpretación abierta: nunca está cerrado, siempre admite nuevas lecturas. Por ello puede considerarse un lenguaje a medias, donde la comunicación es fragmentada, emocional y muchas veces contradictoria.
Existen animales amados y “no amados”, siendo nosotros mismos animales mamíferos placentarios. Y todo ello constituye un “temazo”. Nietzsche afirmaba: “Si matas una cucaracha, eres un héroe. Si matas una mariposa, eres malo. La moral tiene criterios estéticos”. San Francisco de Asís, por su parte, entendía a los animales como “hermanos menores”, criaturas igualmente sagradas. Yo me pregunto: ¿por qué una cucaracha, un zamuro o una rata no gozan de la solemnidad que atribuimos a un colibrí, una mariposa o un venado?
Se comprenden, por supuesto, ciertas fobias hacia animales poco amados —cucarachas, rabipelados, arañas, alacranes, zamuros y otros—. El problema es la subjetividad emotiva, ese relativismo emocional que define aceptaciones y rechazos según lo aprendido culturalmente, lo difundido por la televisión o lo normalizado por la sensibilidad colectiva. Y, sin embargo, una cucaracha es vital para el equilibrio ecológico, pues descompone materia orgánica y recicla nutrientes, además de servir de alimento a aves y mamíferos. Lo mismo ocurre con zamuros, arañas o alacranes, cuya función en los ecosistemas es esencial.

Lo más curioso es que nosotros, los humanos, poseemos más bacterias que células. Somos naturaleza pura, aunque pretendamos olvidarlo. No se propone aquí criar animales que puedan transmitir enfermedades, sino superar fobias desbordadas, psicosis y ascos injustificados, y revisar nuestra visión estética selectiva.
Louise Bourgeois, francoestadounidense, dedicó su célebre escultura “Mamá” (Maman) a su madre, tejedora de la vida y sus misteriosos procesos. En bronce, acero inoxidable y mármol, pesa 22 toneladas y mide 10 metros de altura por 10 de diámetro. La araña, humilde y temida, es imagen cultural cargada de fobias, miedos y fantasmas infantiles.
La intención de este texto es proponer una reflexión, y autorreflexión, crítica, no solo sobre la imagen, la investigación fotográfica o la documentación basada en ciencia y biología, sino sobre las fobias que nos enferman, nos alejan de lo que somos y nos impiden comprender nuestra trascendencia natural y animal, aun en medio del desastre ecológico actual.
Y si de subjetividad se trata, imaginemos preguntarles a moscas o cucarachas si reconocen nuestra supuesta “hermosura” como especie del Antropoceno o qué piensan de nuestra conducta. Cabe suponer que, si pudieran responder, dirían que además de seres estéticamente poco agraciados, somos la especie más cruel y despiadada que jamás haya existido.
Por fortuna, muchos fotógrafos han trabajado a favor del ambiente y de un mundo mejor: Anselm Adams, Sebastião Salgado junto a Lélia Wanick, Cristina Mittermeier, Paul Nicklen, entre otros, han sido defensores de “otro mundo posible” a través de la fotografía.
El arte y la vida deben seguir conectados, creciendo en continuidad y fusión orgánica por el bien del planeta y de una humanidad no depredadora. Lo más importante es que artistas, organizaciones, comunidades y un Estado realmente respetuoso del ambiente puedan aliarse en favor de la vida y de un mañana mejor.
