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El ciclista del tren

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Nadie sabía cómo se llamaba. Los conductores del tren ligero lo reconocían por su puntualidad rigurosa. Subía siempre en la estación de Port Imperial, justo cuando el reloj marcaba las 7:03 p. m., con su bicicleta roja Schwinn perfectamente limpia y ajustada. Vestía sin ostentación, pero con estilo: camiseta negra sin mangas, pantalones anchos de cuadros, un cinturón de cuero mostaza y unos guantes de ciclista que parecían tener más años que él. El detalle más peculiar era el sombrero blanco de vaquero que colocaba cuidadosamente en una cesta rosa adaptada en la parte trasera de su bicicleta.

Una vez dentro del vagón, se transformaba. Se detenía como un guardián antiguo, erguido y sereno, sujetando el manillar con una mano y una de las barras del tren con la otra. En su pecho brillaba una pequeña cruz plateada que colgaba de una cadena, resaltando contra su piel curtida por el sol y los años. No hablaba con nadie. Solo miraba por la ventana, como si esperara ver aparecer un rostro familiar entre los reflejos de las luces y los árboles.

Una tarde, un niño que iba sentado con su madre lo miró fijamente y se atrevió a hablarle:

—¿Por qué tiene ese sombrero ahí?

El hombre giró lentamente la cabeza, como saliendo de una ensoñación.

—Porque ella lo olvidó… y yo lo llevo conmigo hasta que vuelva.

El vagón quedó en silencio.

—¿Quién? —preguntó el niño.

El hombre sonrió apenas, una curva nostálgica que le cruzó el rostro.

—Mi hermana. Fue jinete. Murió hace mucho.

El niño guardó silencio. El hombre volvió a mirar por la ventana. Solo entonces algunos pasajeros notaron que, en el interior de la caja rosa, también viajaban una flor de tela roja y una pequeña fotografía plastificada: una mujer joven, vestida de rodeo, sobre un caballo.

Los rumores comenzaron. Algunos decían que el hombre había sido boxeador. Otros que fue predicador en una iglesia de ciclistas urbanos. Incluso se murmuraba que recorría el país llevando historias de su familia a quienes quisieran escuchar.

Lo cierto es que todos los días, a la misma hora, abordaba el tren con su bicicleta roja, su sombrero blanco y su silencio intacto. Como si llevara en cada viaje la memoria de alguien más, pedaleando entre estaciones no solo por las calles, sino por la nostalgia y el amor que jamás se rinde.

Y cuando el tren llegaba a su destino final, él bajaba sin mirar atrás. Tal vez porque sabía que los que viajan con el recuerdo no necesitan mapas. Solo pedales. Y fe.

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