Una exposición que celebra este instrumento como arte, legado y sonido en movimiento
Los espacios de Colección C&FE se abrieron para una exposición tan insólita como necesaria: Mazamorra. Maracas venezolanas. La muestra fue inaugurada con las palabras de Fernando Eseverri, fundador y director de Colección C&FE, y reúne parte de la colección personal del músico Manuel Alejandro Rangel, con piezas elaboradas por el maestro artesano Jorge Linares, mejor conocido como Mazamorra. Se trata de un gesto de dignificación hacia un instrumento muchas veces relegado a la condición de simple acompañante.
Sin embargo, en esta exposición las maracas no acompañan: lideran.
Desde el inicio, la propuesta curatorial marca una diferencia. La bienvenida la da una mesa silenciosa, cargada de historia: allí, cuidadosamente dispuestas, reposan maracas indígenas de uso chamánico, pertenecientes a la Colección C&FE. Son piezas que parecen traídas del sueño de una selva, que no hablan del ritmo sino del trance. “Estas maracas son de carácter chamánico y se diferencian profundamente de las maracas tradicionales venezolanas”, explica Manuel Rangel. “En estas culturas originarias, solo se usa una maraca, y su posesión es símbolo de poder espiritual. El chamán la emplea para invocar, sanar y canalizar energías, ya que se considera un instrumento sagrado”.
A partir de allí, el recorrido se despliega como una travesía sonora sin música.
Cada maraca está sostenida sobre una base especialmente diseñada para su exhibición, acompañada por una fotografía que la identifica. No hay vitrinas que aíslen al visitante del objeto: hay proximidad. La disposición permite contemplar los detalles de cada pieza —el color, la textura de la tapara, la curvatura del mango— como quien observa un retrato. Así, en lugar de uniformidad, hay carácter. En vez de alarde visual, un gesto de escucha. Este montaje revela la intención de mostrar no solo maracas, sino presencias. Cada una, un fragmento de historia.
Complementando esta experiencia, un rincón de la sala está dedicado a los materiales que dan vida a las maracas: taparas de distintos tamaños, semillas, chapillas, mástiles de madera cuidadosamente seleccionados. Dispuestos sobre una mesa, estos elementos permiten al visitante descubrir el origen tangible del sonido. Allí, la maraca se revela no como un objeto cerrado, sino como una alquimia entre naturaleza y artesanía. Ver las semillas antes de sonar es entender que el ritmo también nace del silencio.
En este contexto, la figura del artesano Jorge Linares, Mazamorra, cobra especial relevancia. Dedicó más de cinco décadas a la fabricación de este instrumento. “Transformó profundamente su diseño, no solo desde el punto de vista estético, sino también en su estructura sonora”, afirma Rangel. Y no lo dice desde el sentimentalismo, sino como músico, pedagogo e investigador. Mazamorra además de construir maracas: las concebía como cuerpos sonoros con intención y carácter. En sus manos, la tapara dejó de ser una cáscara para convertirse en espacio acústico.

Por su parte, Manuel Rangel, nacido en Barquisimeto y formado en la guitarra clásica, encontró en la maraca su verdadero centro. Ha sido premiado en Venezuela y Colombia, ha grabado con figuras internacionales y llevado este instrumento a escenarios, museos y festivales de distintos países. No obstante, su aporte más decisivo está en lo pedagógico: sus libros 5 movimientos son la clave y 200 combinaciones buscan codificar, por primera vez, la técnica tradicional en un sistema claro y transmisible. Lo que por siglos fue oral, ahora se escribe. Se estudia. Se enseña.
En paralelo, la exposición también rinde homenaje a los maraqueros que trazaron camino sin saber que fundaban una escuela: Máximo Teppa, Juan Vicente Torrealba, Santana Torrealba, entre otros. Algunos de ellos tocaron con maracas traídas desde Cuba, como recuerda una anécdota: “Incluso me confirmaron que las primeras maracas de Santana, esas que comenzó a tocar a los ocho años, fueron traídas desde Cuba. Hasta hoy, se desconoce quién fue el fabricante de esas maracas fundacionales”, le comentó Teppa a Rangel. Así pues, lo revelador —en palabras del propio Rangel— es que la historia de la maraca como instrumento con identidad propia en Venezuela es reciente. Por eso, esta exposición no se limita a mostrar objetos: se propone como un acto de memoria y reivindicación.
Esa misma intención se vivió fuera de las bases expositivas. Durante la inauguración, Manuel Rangel ofreció una clase magistral a los asistentes, en la que recorrió con precisión y entusiasmo los distintos tipos de maracas según su región —llanera, puyera, oriental— y explicó, a través de la práctica, los cinco movimientos esenciales para su ejecución. Su pedagogía no fue una cátedra, sino una siembra: cada explicación revelaba el asombro de quien ama lo que transmite.
Finalmente, el evento culminó con un momento musical cargado de complicidad. Rangel interpretó con sus instrumentos varias piezas musicales, acompañado por la voz poderosa y cálida de Betzaida Machado, la fuerza rítmica de Hiyanú y otros músicos invitados que participaron en esta celebración del sonido. La maraca, una vez más, no fue fondo: fue centro.
Salir de Mazamorra. Maracas venezolanas es llevarse una lección de ritmo y paciencia. Es entender que un instrumento no nace en el momento en que suena, sino desde mucho antes: cuando una semilla es elegida, cuando una madera se alisa, cuando un artesano decide que vale la pena insistir en lo invisible.