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Hacendera de Abelardo Gil-Fournier en Palacio de Valdecarzana

Hacendera: la fuerza del roce

En el centro de la sala no hay un objeto destinado únicamente a ser contemplado, sino un sistema en permanente funcionamiento. Las veinticuatro vasijas de barro que conforman Hacendera (2023) giran, se rozan y se impulsan unas a otras hasta convertir el movimiento en una experiencia compartida. Desde el primer instante resulta evidente que la instalación no trata del barro ni de la cerámica, sino de las relaciones que hacen posible la vida en común.

Detrás de esta propuesta se encuentra Abelardo Gil-Fournier (Rabat, Marruecos, 1979), artista e investigador cuya práctica cruza el arte contemporáneo, la ecología y la cultura visual. Formado inicialmente en Física y posteriormente doctorado en Arte, desarrolla obras que funcionan como dispositivos para hacer visibles las dinámicas de interdependencia que sostienen tanto los ecosistemas como las comunidades humanas. Hacendera, presentada en el Palacio de Valdecarzana dentro de la primera edición de la Bienal Climática Ensayar lo inesperado, sintetiza con claridad esa línea de investigación.

Cada una de las veinticuatro vasijas descansa sobre un torno de alfarería; solo doce de ellos cuentan con motores. La irregularidad propia del barro impide que las piezas giren de manera completamente autónoma, por lo que necesitan rozarse, impulsarse y corregirse unas a otras para mantener el movimiento. Ningún recipiente posee el control del conjunto. El desplazamiento solo existe porque cada elemento depende de los demás. La mecánica de la obra trasciende el ingenio técnico para convertirse en una reflexión sobre las formas de organización que sostienen tanto los ecosistemas como las comunidades humanas. Frente a una cultura que privilegia la autonomía individual, Hacendera propone pensar el movimiento como una construcción colectiva, donde la continuidad depende de la cooperación antes que de la autosuficiencia.

Hacendera de Abelardo Gil-Fournier en Palacio de Valdecarzana

El propio título ofrece una clave de lectura. En varias regiones del norte de España, la hacendera designa las labores comunales mediante las cuales los vecinos mantenían caminos, fuentes o infraestructuras compartidas. No se trataba únicamente de trabajar juntos, sino de comprender que ciertos bienes solo podían sostenerse desde la responsabilidad colectiva. Gil-Fournier recupera ese concepto para trasladarlo al presente, donde la crisis climática exige imaginar nuevas formas de relación con el territorio y con quienes lo habitan.

La elección del Palacio de Valdecarzana amplifica esa reflexión. La planta baja del edificio estuvo históricamente destinada al comercio y al almacenamiento de mercancías, un espacio asociado al intercambio económico dentro de la historia mercantil de Avilés. Hoy, la instalación resignifica ese lugar desde otra lógica: ya no la circulación de bienes, sino la circulación de afectos, energías y responsabilidades compartidas. El intercambio deja de ser económico para convertirse en una forma de coexistencia.

Pero Hacendera también ocurre en una dimensión casi imperceptible: la del tiempo. Mientras las vasijas giran, el roce constante desgasta lentamente sus superficies. Aparecen marcas circulares allí donde el contacto se repite y el polvo de arcilla comienza a sedimentarse alrededor de las bases. El movimiento deja huellas visibles. La obra se transforma mientras sucede. Ese desgaste no representa una pérdida, es una forma de memoria material. Cada fricción queda inscrita en el barro como el registro físico de una relación. La instalación nunca es exactamente la misma de un día para otro, porque su aspecto depende del tiempo compartido y de la intensidad de los encuentros entre las piezas.

A esta transformación se suma una experiencia sonora igualmente decisiva. Las pequeñas colisiones hacen vibrar el interior hueco de las vasijas, generando una resonancia que envuelve la sala. No existe una composición musical predeterminada; el sonido emerge de las variaciones del propio sistema. La obra convierte el azar, la materia y el contacto en un paisaje acústico que modifica la percepción del espacio y obliga al visitante a detenerse y escuchar. En Hacendera, Gil-Fournier evita cualquier discurso ilustrativo sobre la crisis ambiental. En lugar de representar el cambio climático o denunciar sus consecuencias, propone experimentar físicamente principios que atraviesan tanto la naturaleza como la vida social: la interdependencia, la cooperación y la transformación continua. La instalación no explica esos procesos; los hace acontecer frente al espectador.

Dentro de Ensayar lo inesperado, la obra se convierte en una de las propuestas más sugerentes de la bienal precisamente porque desplaza el debate climático hacia un terreno menos evidente. Nos recuerda que ningún sistema existe de forma aislada y que todo movimiento deja una huella sobre aquello con lo que entra en contacto.

Quizá esa sea la verdadera potencia de Hacendera: convertir un conjunto de vasijas de barro en una metáfora silenciosa de nuestra condición compartida. Allí donde el contacto produce desgaste, también genera continuidad; donde existe fricción, aparece la posibilidad de sostener un movimiento común. En tiempos marcados por la incertidumbre ambiental, la obra de Abelardo Gil-Fournier sugiere que el futuro no dependerá de la fuerza de un solo cuerpo, sino de la capacidad de todos para permanecer en relación.

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