Ramiro Suárez padecía una fobia peculiar, casi simpática en apariencia, pero tan intensa como una alergia grave. No era un rechazo existencial a la humanidad, ni un trauma infantil camuflado. Lo suyo era puro, crudo y cotidiano asco. No del tipo simbólico, sino físico, visceral. El asco que se activa al imaginar una mezcla de sudor seco con huellas dactilares ajenas. Por eso, jamás tocaba pasamanos, ni se sentaba en sillas de plástico que no fueran suyas. Abría las puertas con pañuelos desechables, usaba su propio bolígrafo hasta para firmar una postal, y los baños públicos eran para él escenarios de horror dignos de un thriller psicológico. Su vida entera era una lucha cuerpo a cuerpo, o, mejor dicho, cuerpo a distancia, contra las bacterias que imaginaba flotando como enjambres invisibles sobre cada superficie del mundo.
Todo marchaba dentro de su equilibrio neurótico hasta que, un lunes cualquiera, el destino, disfrazado de jefe de oficina, le pidió una simple actualización de su gafete de acceso. “Una foto tipo carné. En papel. Al instante”, fue la orden. Nada de envíos digitales ni selfies recortadas. Había que ir a la vieja estación, al andén 5, donde aún sobrevivía una cabina fotográfica de las que imprimen en cinco segundos con olor a tinta fresca y siglo pasado. Ramiro sintió cómo se le aflojaban los intestinos al imaginar el contacto con lo ineludible: tela vieja, asiento sudado, monedas pegajosas. Pero obedeció. Llegó a la estación, divisó la cabina —marca Michelangelo, tan vieja como su nombre— y, al verla, sintió que lo invadía una mezcla de náusea, angustia y parálisis.
La escena era dantesca: la cortina lucía como un trapo de cocina olvidado durante décadas; el asiento brillaba con restos de mayonesa o mucosidad fosilizada —la duda era peor que la certeza— y la ranura de monedas parecía una trampa bacteriana diseñada para castigar la temeridad. Ramiro intentó dar un paso al frente, pero su cuerpo no respondía. Dio uno hacia atrás, luego avanzó medio paso, pero volvió a detenerse. Lo intentó tres veces más, sin éxito. Para él, sentarse allí era equivalente a recostarse desnudo en una camilla de morgue sin desinfectar. La foto parecía imposible.
Y sin embargo, justo cuando la derrota se perfilaba inevitable, surgió lo que siempre lo salvaba: su ingenio. Porque Ramiro, además de neurótico, era creativo. Tenía ese talento de los que deben sortear la vida sin tocarla. Volvió a casa, y una hora más tarde regresó a la estación, esta vez equipado como un astronauta medieval. Traía guantes de cocina de silicona, una pinza de barbacoa, un palo telescópico para limpiar vidrios, una mascarilla industrial con filtro doble, un espejo de dentista, dos fundas de pan de sándwich y, como pieza maestra, una silla de playa portátil.
Montó una verdadera estación de intervención remota. Con la pinza, abrió la cortina sin rozarla. Usó el espejo para inspeccionar el interior. Colocó su silla frente a la cámara, perfectamente alineada con el lente. Luego sacó de una carpeta plastificada una foto suya recortada, seria, peinada, neutra, que pegó sobre una tabla de picar con cinta adhesiva. La tabla fue fijada a un trípode con ruedas, que empujó con precisión quirúrgica usando el palo telescópico. Insertó las monedas con una cuchara pegada al mismo palo y esperó. Clic. Clic. Clic. Clic.
Las fotos emergieron como milagros asépticos. En ellas, su rostro plastificado parecía el de un ciudadano ejemplar: sobrio, confiado, como si acabara de salir de misa o de una entrevista con el embajador de Suiza. Las recogió con una pinza de acero inoxidable, las introdujo en un sobre esterilizado y se retiró sin dejar huella. Al día siguiente, su jefe lo felicitó: “Pareces más seguro, más maduro. Este Ramiro me gusta”. Ramiro sonrió, no por el elogio, sino por la victoria íntima y limpia. Había vencido al mundo sucio con ingeniería casera y rigor maniático.
Desde entonces, cada vez que alguien dice que enfrentar sus miedos es difícil, Ramiro apenas levanta una ceja, en silencio. Porque él sabe que lo hizo. Que se enfrentó a una cabina pública, sobrevivió… y ni siquiera la tocó.
Moraleja: Hay miedos que no se superan tocándolos, sino bordeándolos con ingenio. Y a veces, la verdadera valentía no está en el contacto, sino en evitarlo con maestría.