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Marina-Abramović & Ulay-Rest-Energy. Crédito: imagen de YouTube

La confianza

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Hace unas semanas, el mundo celebró el día del amor y la amistad con la efusividad de costumbre, esa devoción casi litúrgica por la felicidad conmemorativa que, a fuerza de repetirse, corre el riesgo de volverse intrascendente. Lo pasé bien, sí, pero no es eso lo que me ocupa ahora. Mientras ella documentaba cada instante en sus redes —esa compulsión moderna por narrarse en tiempo real, por existir en la medida en que otros lo atestiguan— yo optaba por la discreción, por el sosiego del anonimato. No porque desprecie la exhibición, sino porque nunca he sentido la urgencia de proclamar lo que hago o dejo de hacer. La sobreexposición tiene algo de tragicómico: tanta imagen, tanto registro, tanta inmediatez. No obstante, ¿qué queda de todo ello cuando el clic se diluye en la sucesión interminable de publicaciones?

Fue entonces cuando recordé a Ulay. No por azar, sino porque hoy, domingo 2 de marzo, se conmemora su partida. Y acaso porque él, más que un fotógrafo o un creador de performances efímeros, fue un explorador del riesgo, de la entrega absoluta, de la vulnerabilidad como territorio de resistencia. Su obra se inscribió en el umbral donde el cuerpo y el alma se desafían mutuamente, allí donde la confianza no es solo un concepto, sino una condición de posibilidad.

Pienso, inevitablemente, en Rest Energy (1980), la pieza que ejecutó junto a Marina Abramović: cuatro minutos y diez segundos en los que el tiempo pareció ralentizarse hasta volverse insoportable. Ella sostenía el arco, él la cuerda tensa, y una flecha apuntando directo al corazón de Marina, su pareja para entonces. Apenas un movimiento en falso, un titubeo, y todo terminaría en desastre. Pero no hubo error, porque entre ellos mediaba una certeza que, en el amor como en el arte, es la única que importa: la confianza. Aquella escena, capturada con la crudeza de lo irrepetible, es el retrato más fiel de lo que implica entregarse a otro sin reservas, sin protecciones ni salvaguardas, con el peligro y la belleza latiendo al unísono.

Y, sin embargo, ¿qué queda de esa audacia en nuestras relaciones cotidianas? ¿Dónde se esconde esa valentía en una época donde la tecnología nos ha dado la ilusión de la cercanía, pero nos ha privado del misterio? Estamos expuestos a la mirada del otro como nunca, pero ¿qué tan genuina es esa exposición? ¿Cuánto de lo que compartimos es testimonio sincero y cuánto es performance destinada a la aprobación instantánea? El amor, si se mide en notificaciones y se administra en dosis de interacción programada, ¿no se vacía de su esencia?

Quizás vivimos en una paradoja: buscamos conexión y, al mismo tiempo, tememos la desnudez emocional que implica mostrarnos sin artificios. En Rest Energy, la confianza era tangible, un pacto silencioso que se sostenía en la certeza de que el otro no fallaría. Hoy, en cambio, nos protegemos con filtros, con barreras, con la prudencia de quien prefiere no mostrar demasiado, o mostramos lo no verdadero, ese que no somos, pero para que nos acepten. Y sin riesgo, sin ese vértigo indispensable, ¿Qué clase de vínculos construimos?

Recordar a Ulay es un acto de homenaje, un llamado a la introspección. En un mundo donde la intimidad se ha convertido en un espectáculo y la autenticidad en una moneda de cambio, su legado nos recuerda que confiar es un acto radical. Que amar, en su expresión más pura, es entregarse al vacío sin garantías. Y que, al final, la verdadera belleza no está en la imagen que proyectamos, sino en la entrega sin reservas, en el latido que nos expone y nos hace, al fin, humanos. Al final, ella me dio un beso apasionado, lo inmortalizó en una selfie y lo publicó en su red social.

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