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El poeta Igor Barreto. Foto: Mónica Pupo

Igor Barreto: La poesía como seducción y memoria

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El pasado viernes 21 se celebró el Día Mundial de la Poesía, una fecha para rendir homenaje a la palabra y su poder evocador. En el marco de esta celebración, la Fundación para la Cultura Urbana y La Poeteca organizaron un encuentro de lectura de poesía en la Plaza El Mijao de la Torre Mene Grande. Un evento al aire libre que permitió dar voz a la obra de reconocidos poetas como Carmen Verde Arocha, Santiago Acosta, Gabriela Kizer, Igor Barreto, Arturo Gutiérrez Plaza, Verónica Jaffé y Juan Sánchez Peláez.

En este contexto, tuve la oportunidad de conversar con el poeta, escritor y editor venezolano Igor Barreto, cuya obra ha dejado una huella indeleble en la poesía contemporánea. Durante la lectura, Barreto expresó una idea que captó mi atención: «La poesía es así, muchas veces uno la roba de la memoria del otro». Partiendo de esta reflexión, iniciamos nuestra conversación.

— Antes de comenzar su lectura, mencionó: “La poesía es así, muchas veces uno la roba de la memoria del otro”. ¿Cómo se puede robar el pensamiento o los poemas de la memoria ajena?

— No creo que sea algo excepcional. Siempre el poema es un préstamo que le solicitamos a otras personas. Es un relato o una observación sobre una experiencia compartida. El poema suele estar inspirado en la presencia de alguien, y eso también es una forma de apropiación, ¿no? Siempre la poesía viene del otro y, a través del otro, llega hasta nosotros.

— ¿Cree que todavía existen esos románticos que escriben poemas para conquistar a una dama?

— ¡Por supuesto!

— ¿Y dónde están?

— Bueno, yo mismo escribí en su momento un poema que guardé para recitar en ciertas ocasiones, después de tomar unos vinos, cuando quería impresionar a una muchacha o dama hermosa que me gustaba. Creo que la poesía es una forma de seducción, una manera de atrapar la atención emocional del otro.

La poesía está hecha de palabras muy particulares, palabras que podríamos llamar mágicas, porque tocan nuestra sensibilidad más profunda, nuestra interioridad más íntima. Y eso conmueve. Es un elemento de seducción muy poderoso. Después de todo, ¿quién se fijaría en un caballero que no sabe conmover con sus palabras?

Por eso, invito a todos los caballeros a aprender poemas de memoria y a decirlos en el momento oportuno. Es un arte que nunca pasa de moda.

— Para alguien que desee iniciarse en la poesía, ¿qué obras le recomendaría leer?

— Creo que todos, de alguna manera, vivimos un ritual de iniciación a la poesía, especialmente aquellos que se aprenden canciones de memoria. Porque, en el fondo, los primeros poetas fueron los cantantes.

Cuando sabes una canción y la cantas, ya estás conectando con la poesía. Por ejemplo, “Bésame mucho, bésame, bésame mucho” (—canta—). Eso es un gran poema.

El camino hacia la poesía empieza con el deseo de devolverle el alma al mundo, de descubrir nuestra interioridad y compartirla. Nuestra vida interior no es solo nuestra: es un territorio común en el que nos reencontramos con los otros.

— ¿Cree que la poesía puede cambiar el mundo?

— No, la poesía por sí misma no puede cambiar el mundo. Como dice el premio Nobel Zbigniew Herbert, la poesía puede atenuar el dolor, reparar el sufrimiento que sentimos por ciertas experiencias. Puede ayudarnos a recuperar la esperanza y el entusiasmo.

Pero cambiar el mundo, no. Eso es tarea de la acción física. No hay que pensar en la poesía como una herramienta de transformación directa, porque no lo es. Lo que sí puede hacer es motivarnos a actuar. Puede inspirarnos, encender una chispa en nosotros. Y si una canción, un poema, nos impulsa a hacer algo, entonces sí, la poesía habrá tenido un impacto. Pero el cambio, en última instancia, es producto de la acción.

— Para cerrar el Día Mundial de la Poesía. ¿Cómo planea concluir este día?

— Hoy regresaré a casa y, como suelo hacer, colocaré una silla blanca de plástico en el jardín, frente a la selva húmeda que se extiende detrás de mi casa. Me sentaré ahí, en silencio, esperando a que anochezca. Y después, me levantaré, entraré a la cocina y prepararé un té de manzanilla.

— Muchas gracias, poeta, por esta conversación.

— Gracias a ti.

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