Hugo Rodríguez (Tovar, 1992) explora la identidad, la memoria y el territorio a través del retrato. Su última exposición individual, Rostros, se presenta en la sala Don Manuel Belloso del Centro de Bellas Artes de Maracaibo, del 5 de septiembre al 13 de octubre. Basada en recuerdos personales, la muestra invita a observar al otro desde la fragmentación, la topofilia y la vulnerabilidad.
Nacido en Tovar, criado entre Mérida y Ciudad Ojeda, y finalmente establecido en Mérida, Rodríguez ha transitado por distintos paisajes culturales que han marcado su sensibilidad artística. “Mi museo es mi región”, afirma con convicción. Para él, artistas locales como Gilberto Pérez, Néstor Alí, Jesús Guerrero e Iván Quintero tienen la misma relevancia que Lucian Freud o Frank Auerbach. “No me seduce la cultura globalizada que jerarquiza por difusión. Lo que me importa es la calidad, la conexión, el arraigo”.
De la línea al color
Aunque el dibujo fue su puerta de entrada al arte, la pintura se convirtió en su vía de expresión más profunda. “El dibujo es versátil, inmediato, pero la pintura me permite explorar densidades, transparencias, espacialidades”, explica. La transición hacia la pintura surgió alrededor de los 22 años, influenciada por el estudio del artista cubano Wifredo Lam y por una necesidad interna de decir lo que no podía verbalizar.
Ese impulso lo llevó a desarrollar una técnica basada en el grueso empaste, una fisicidad pictórica que transforma el lienzo en un territorio tridimensional. “Uno busca un objeto que diga lo que uno quiere decir. La obra reclama atención, y uno aspira a que llegue eso que quiere expresar”, comenta.
Fragmentación como lenguaje y pensamiento
La fragmentación es un concepto central en su obra, no como ruptura, sino como estrategia de construcción. Sus instalaciones de rostros ensamblados —como la pieza Kintsugi— generan una imagen colectiva que escapa a la descripción verbal, pero que provoca una presencia emocional ineludible. “La obra misma te enseña, te supera. A veces no es algo que uno premedita, sino que surge orgánicamente”, asegura.
Para Rodríguez, la fragmentación no es solo formal, sino también conceptual: es una manera de pensar, de narrar, de representar la subjetividad humana en su estado más vulnerable. La crítica Elizabeth Marín Hernández describe: “Cada rostro tiene por finalidad hacernos ver al otro en su nuevo lugar: el del acto conscientemente pictórico, que nos traslada por otra piel reinterpretada por el artista”.

Topofilia y arraigo emocional
Otro concepto clave en su obra es la topofilia: el amor por el lugar y el territorio simbólico. Para Rodríguez, pintar es proteger y reivindicar lo local frente a la homogeneización cultural. “Hay un territorio en el que me siento arraigado y quiero proteger. Aunque sea inmaterial, es mío. Y si lo niego, la obra se desconecta de algo vital”.
Este enfoque se consolidó con su participación en Salón Jóvenes con FIA 2023, donde obtuvo el segundo puesto con una obra que abordaba la soledad de quienes permanecen en medio de la crisis migratoria. “Todo el mundo hace homenajes a los que se fueron, pero los que quedamos también padecemos. Quise visibilizar ese luto, esa distancia simbólica entre cuerpos que nunca se encuentran”.

La danza del cuerpo en la pintura
Su proceso creativo involucra todo el cuerpo, casi como una danza, en una intensidad que recuerda al informalismo. “Cuando todo el cuerpo se involucra para resolver un problema tan grande, la pintura se vuelve otra cosa. No es solo técnica, es experiencia, es presencia”, afirma.
Esa fisicidad se traduce en obras que desafían la bidimensionalidad tradicional. Sus soportes tridimensionales y pieles arrojadas sobre estructuras modificadas dialogan con lo digital, con el píxel, reflejando a una generación que habita entre lo analógico y lo virtual. “Somos la generación del píxel; y eso también se refleja en cómo construimos nuestras imágenes”, señala.

Rostros como territorios emocionales
Los rostros que crea Rodríguez no son simples retratos: son territorios poéticos, espacios de sanación, memoria y conexión, donde cada uno reclama su propio valor como elemento plástico y sígnico. “Implica una conexión íntima, simbólica, incluso identitaria con un espacio individual y un territorio subjetivo”, apunta Marín Hernández.
La narrativa visual de Rodríguez obliga a observar, detenerse y enfrentarse con lo que vemos. Sus rostros ensamblados, divididos, reconfigurados, revelan la ambigüedad de la identidad y la imposibilidad de captarla por completo, pero también la belleza de intentarlo.

Una obra en constante evolución
El trabajo de Hugo Rodríguez sigue avanzando, transformándose y adaptándose. “Uno sigue evolucionando. Habrá momentos de acuerdo y desacuerdo, pero lo importante es que se exprese una libertad”, afirma. Para él, el arte es un acto de defensa de esa libertad: la de explorar, sentir y construir pensamiento desde la forma.
En sus palabras finales, resume su búsqueda: “Lo que quisiera en el fondo es defender la libertad. Nuestra libertad. La libertad de las formas de explorar hasta conseguir una forma de libertad”.