Agnes Essonti explora la relación entre comida, memoria, colonialismo y pertenencia a través de instalaciones, performances y procesos participativos. En Avilés presenta una obra que convierte ocho ingredientes en imágenes, relatos y preguntas sobre aquello que comemos y las historias que permanecen detrás de cada alimento.
Agnes Essonti (L’Hospitalet de Llobregat, 1996) es artista e investigadora. Formada en fotografía en Londres y Madrid, su práctica explora la memoria diaspórica, la identidad y la pertenencia a través de la instalación, la performance y los procesos participativos. En su trabajo, la comida se convierte en un territorio de memoria, encuentro y resistencia.
En Avilés, Essonti presenta Was I Really Hungry or Was It Something Else? (2026), una instalación textil producida para la primera edición de la Bienal Climática. La obra forma parte de Una práctica de compartir, una investigación que utiliza ingredientes, recetas y rituales para abordar las relaciones entre memoria, colonialismo, alimentación y pertenencia.
La Bienal Climática se concibe como un proyecto de colaboración entre instituciones, artistas, colectivos locales, centros de investigación y otros agentes, y propone en Avilés un espacio de encuentro para abordar los retos de la transición ecológica desde el arte y la cultura. En este contexto, la obra de Essonti introduce una pregunta aparentemente sencilla que abre, sin embargo, un territorio mucho más amplio: ¿Qué buscamos realmente cuando comemos?
A través de ocho grandes cianotipias sobre tela, la artista lleva al espacio de la antigua pescadería ingredientes vinculados a diferentes geografías e historias. La instalación continúa una investigación que también adopta la forma de un oráculo de cartas y que crece mediante encuentros con comunidades afrodescendientes.
En su trabajo, la comida permite hablar de aquello que los relatos históricos suelen dejar fuera: los recuerdos familiares, los sabores, el placer, la celebración y las formas de cuidado. Pero también de las historias de violencia, explotación y colonialismo que permanecen detrás de muchos de los alimentos que consumimos. Essonti no busca ofrecer respuestas cerradas. Prefiere abrir preguntas, plantar semillas y encontrar, incluso en las conversaciones más difíciles, un espacio para el encuentro.
***
El título comienza con una sensación corporal muy íntima. “Was I Really Hungry or Was It Something Else?”. ¿Qué era eso que buscabas nombrar?
Respecto al título, es verdad que originalmente el proyecto se titula Una práctica de compartir, porque tiene mucho que ver con explorar precisamente esta generosidad que se encuentra en el compartir alimentos y en cómo nos definimos, cómo construimos nuestras identidades a través de toda esta pluralidad y de este encuentro que se da encima de una mesa. Pero cuando planteaba esta versión que se encuentra en Avilés, esta frase, o esta pregunta, fue un poco la que guio esta nueva propuesta de instalación. Y creo que conecta mucho también con algo que siempre digo que me gusta hacer a través de mi trabajo: abrir preguntas. Y no siempre responder, no siempre buscar verdades absolutas, sino provocar. Como plantar una semilla que pueda llevarnos a plantearnos realmente si, cuando comemos, estamos buscando llenarnos la barriga o llenar otra clase de necesidades que quizás pasan por lo emocional.

En tu obra, el alimento parece funcionar simultáneamente desde el placer, la memoria, la exploración y el compartir. ¿Cómo conviven esas dimensiones?
Yo creo que conviven de manera muy natural y fluida. Es verdad que esta parte del placer ocupa un gran lugar, también porque en mi propio proceso de vida y en mi práctica artística me he dado cuenta de que muchas veces, como artista marrón, como artista racializada, al menos desde el contexto español o europeo, lo que se quiere de mí es una muestra de toda la violencia, de toda la opresión que pueda vivir, de todos estos procesos que no son gustosos.
Entonces, de alguna manera, mi trabajo, que conecta con el alimento, busca poner en el centro precisamente esta alegría, este placer, este encuentro que se da a pesar de todos estos procesos. No como una manera de eclipsarlos ni de negarlos, sino como una excusa. Porque muchas veces también lo que he encontrado es que, si el punto de apertura hacia estos debates, que son complejos y dolorosos, pasa por una manera de comunicarnos que replica un poco esas dinámicas, creo que lo que se genera es que se cierra. Muchas personas no se animan quizá a debatir sobre la historia colonial si ya directamente estamos gritando y diciendo las cosas de cierta manera.
En cambio, a través de la comida, a través del compartir en estos espacios más relajados, creo que lo que he encontrado es la posibilidad de abrir estos debates de manera mucho más horizontal, mucho más conectada con todas estas realidades.
¿Cuánto de nuestra vida cotidiana está construido sobre historias de violencia que hemos aprendido a no ver? Compramos chocolate, bebemos café, comemos determinados productos y rara vez pensamos en la cadena histórica que los hace posibles.
Yo pienso que muchísimas de esas historias. Y una parte importante del proyecto para mí era también poder ser capaz de no mostrar historias únicas, ¿no? De no mirar simplemente hacia un lado, sino de poder hablar de los ingredientes de una manera más plural. No me gusta a veces caer en los binarismos de bueno y malo, pero sí incluir toda esa diversidad de historias. Puede haber algo, por ejemplo, en el caso de uno de los ingredientes que aparece —ahora no tengo claro si aparece en la instalación, pero diría que sí—: la caña de azúcar. Es un ingrediente que está ligado a una historia colonial. Fue llevado por Cristóbal Colón de Gran Canaria a República Dominicana y que incluso hoy en día genera unas condiciones de trabajo nefastas, y se habla muy poco de ello. Es como que lo damos por hecho: todo lo que genera la caña de azúcar.
Pero, a la vez, yo, por ejemplo, desde mis memorias en Camerún, con mi familia, tengo también buenos recuerdos de este ingrediente. Como ir al campo, cortar la caña de azúcar, pelarla, repartirla entre todos y, de repente, poder tener algo que ves cómo acaba de salir de la tierra, pero que es lo más dulce que te podrías plantear. La idea era también poder traer este sabor agridulce que yo creo que se genera en muchos ingredientes, porque no podemos dejar de reconocer toda esta historia violenta, pero, a la vez, también creo que en los ingredientes hacemos hogar, generamos pertenencia, nos vinculamos a ellos. Es imposible no sentir esto hacia el alimento.
Te interesa entonces que una obra pueda activar las memorias específicas de los lugares donde se presenta.
Sí, totalmente.
Antes de convertirse en esta instalación textil, el proyecto tenía la forma de una baraja de cartas, un oráculo creado a partir de hasta 20 ingredientes que sigue creciendo mediante encuentros con distintas comunidades. Cada carta tiene una cianotipia y, al reverso, el nombre del ingrediente, un año, un lugar, un sabor y un elemento natural. A través de estos encuentros, las personas pueden proponer nuevos ingredientes y así construir un archivo más diverso, con muchas miradas sobre la comida y no solamente la mía.
¿Qué has aprendido de las comunidades afrodescendientes que no habrías podido encontrar en un archivo, en un museo o en los libros?
Creo que he encontrado todo ese conocimiento que no llega a los documentos ni a lo académico: lo doméstico, lo emocional, la experiencia vivida. Podemos encontrar registros sobre cuántas personas viajaban en un barco esclavista, pero difícilmente sabremos qué comían, qué sabores recordaban o cómo compartían esos alimentos. Por eso, para mí, la comida también es medicina y sabiduría. El oráculo nace precisamente de ahí: de buscar otras formas de conocimiento y recuperar historias que no siempre aparecen en el relato histórico.

Llegaste a Asturias por primera vez a partir de este proyecto. ¿Cómo ha sido ese encuentro con el territorio?
Ha sido muy importante. No conocía Asturias y llegar aquí para trabajar me permitió relacionarme con el territorio desde la comida. Probé muchos platos, conocí a guisanderas y pude conversar con personas que tienen una relación muy profunda con la cocina asturiana. También cociné con mujeres de la asociación senegalesa que organiza el Día de África en Avilés. Cocinamos para más de cien personas. Eso fue muy bonito porque la comida volvió a funcionar como espacio de encuentro. No era simplemente hablar sobre las comunidades, sino compartir realmente con ellas.
La instalación está ubicada en la antigua pescadería de Avilés. ¿Qué significa para ti trabajar en ese espacio y no en una sala de exposiciones convencional?
Para mí era muy importante que la obra estuviera allí. La pescadería tiene una relación directa con la comida, con el intercambio y con la vida cotidiana. Además, mi familia tiene una relación con la pesca. Mi madre quería ser pescadera y mi padre lleva más de treinta años siendo pescetariano. Así que el espacio también me conectaba con algo personal. No quería trabajar en un cubo blanco, separado de la vida. Quería que la obra estuviera en un lugar que ya tuviera una historia y una relación con aquello de lo que estaba hablando.
Las imágenes de los ingredientes están realizadas mediante cianotipia. ¿Por qué elegiste este proceso?
El azul me interesaba porque me llevaba directamente al agua y al mar. El mar también tiene una historia relacionada con la colonización, con la esclavitud, con las personas que murieron intentando cruzarlo, tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo. Pero el mar también puede ser un espacio de conexión, de sanación. Yo estudié fotografía y quería trabajar con un procedimiento fotográfico que me permitiera alejarme de la representación literal del alimento. No quería hacer fotografías convencionales de una caña de azúcar o de un cacao. Quería que hubiera una cierta abstracción. Esta es, además, mi primera experiencia trabajando con cianotipia. Es un proceso que utiliza el sol y el agua, y esa relación con los elementos también me parecía muy importante.





La Bienal Climática plantea precisamente una reflexión sobre la transición ecológica. ¿Cómo se relaciona tu trabajo con esa dimensión?
Creo que cuando hablamos de cambio climático también tenemos que hablar de alimentación. Hay una relación muy directa entre lo que comemos, de dónde viene, cuántos kilómetros ha recorrido, quién lo ha producido, en qué condiciones trabaja esa persona, qué recursos se han utilizado y qué sucede después con los residuos. Muchas veces pensamos en el cambio climático como algo separado de nuestra vida cotidiana, pero está en todas esas decisiones. Y también existe una desigualdad muy grande. Los países del sur global son los que sufren muchas veces las consecuencias más graves de una crisis climática que no han provocado de la misma manera. Por eso me interesa conectar colonialismo, alimentación y crisis climática. Hay una historia de extracción de recursos que continúa teniendo consecuencias en el presente.
¿Qué sabor tiene la memoria?
Agridulce.
Porque hay una parte amarga, que tiene que ver con la violencia, con la historia colonial, con todo aquello que todavía no hemos reparado. Pero también hay una parte dulce. Está la imaginación, la celebración, el encuentro, las personas que han resistido, las comunidades que siguen creando y compartiendo. Creo que necesitamos las dos cosas para poder mirar el presente.
Antes de terminar, hay algo que quieres añadir sobre el proyecto y su futuro.
Quiero comentarte que acabo de volver de Taiwán, donde me invitaron a una exposición y a hacer una residencia. Les gustó mucho este proyecto y seguimos trabajando con nuevos ingredientes y cianotipias, también a partir de la historia de la presencia española en la isla. Me hace ilusión llevar esta metodología a otros lugares y encontrar nuevas historias y formas de relacionarse con la comida y la memoria. Sigo trabajando en el oráculo y me gustaría convertirlo en una página web para que el archivo sea accesible y pueda consultarse de manera aleatoria.