Siempre he sentido la necesidad de indagar qué piensa el otro. Piensas según tu historia de vida, según lo que has vivido, lo que has aprendido, lo que has perdido. Recuerdo que, desde niña y también ya de adulta, prefería preguntar «¿qué estás pensando?» antes que el típico «¿por qué?». Considero que los pensamientos son tan propios, tan íntimos y, al mismo tiempo, tan libres. No controlamos lo que pensamos. Vivimos rumiando ideas, atormentándonos con ellas durante el día y, a veces, también durante la noche. Incluso cuando dormimos, los pensamientos parecen encontrar la manera de permanecer. Otros, en cambio, hablan: dejan salir lo que llevan dentro, piensan en voz alta, conversan consigo mismos.
Más allá de la ciencia del pensamiento desde la Psicología o la Neurociencia, a mí me atrae el pensamiento como expresión del intelecto. Quiero saber qué ocurre en la mente de quien crea. Cuando observo una imagen, quiero conocerlo todo: los sentimientos, las emociones, las obsesiones, las preguntas y los pensamientos de quien la hizo. Me interesa aquello que existe detrás de la fotografía, ese lugar al que no llegamos cuando solamente miramos.
Garrido exige mirar de frente
Cuando, con cierta madurez intelectual y después de muchos años vinculada a la fotografía venezolana, me acerqué con mayor profundidad a la obra de Nelson Garrido, confieso que no era de mi agrado. Me resultaba repulsiva, desagradable, incluso incómoda. Me movió. La serie Muertos en vía: ¿quién quiere detenerse ante un animal muerto? Apartamos los ojos para no perturbar nuestras emociones, para no pensar en el dolor, para no imaginar siquiera que pudo haber sido la mascota de alguien. Garrido hace exactamente lo contrario: lo fotografía, lo coloca frente a nosotros y construye una serie a partir de aquello que preferimos dejar fuera de campo. Garrido exige mirar de frente. Su rojo, recurrente, casi como una firma visual, atraviesa las imágenes y se convierte en un hilo conductor de su universo.
Pero esos cuerpos encontrados al borde de la carretera dejan de ser simples restos para transformarse en escenas de una realidad incómoda, casi ceremonial y, paradójicamente, hermosa. Hay algo de naturaleza muerta, de altar profanado, de teatro del horror. Y es ahí donde encuentro una conexión inesperada con Chaim Soutine, especialmente con Carcass of Beef, donde el cuerpo del animal deja de ser únicamente un cadáver para convertirse en materia pictórica, casi palpitante. Garrido traslada esa tradición al asfalto latinoamericano: la carretera sustituye al matadero y la fotografía convierte el cadáver anónimo en una imagen que nos obliga a detenernos ante aquello que la vida cotidiana nos ha enseñado a ignorar.
Pero hay otra imagen que me resulta todavía más perturbadora: Saturna devorándose a su hijo. A primera vista, la referencia a Goya parece inevitable. Sin embargo, cuando uno se detiene en la fotografía, aparece un detalle que transforma la escena: el cordón umbilical todavía une a la madre con el cuerpo que está devorando. Ese detalle hace que la imagen trascienda la referencia al mito de Saturno. Garrido detiene el tiempo en un instante imposible, en el que nacimiento y muerte parecen coexistir. La criatura aún no termina de separarse de quien le dio la vida, mientras ella, al mismo tiempo, la consume. El cordón deja entonces de ser únicamente un signo de maternidad para convertirse en el último vínculo entre la creación y la destrucción. Madre e hijo permanecen unidos en ese instante brutal, suspendidos entre la vida y la muerte.

«Abordar la estética de lo feo es abordar la estética de la vida diaria, de lo cotidiano»
Nelson Garrido
Entrevista
La semana pasada, el 20 de agosto de 2026, falleció Nelson Garrido (Caracas, 1952). Fue el primer fotógrafo venezolano distinguido con el Premio Nacional de Artes Plásticas, en 1991, y una figura fundamental de la cultura venezolana. En diciembre de 2022 recibió el reconocimiento de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).
Recupero hoy una conversación que mantuvimos a comienzos de 2023 para Diafragma 5.6 Radio. Volver a ella después de su muerte tiene algo de regreso: escuchar nuevamente su voz, sus ideas, su humor y esa manera tan suya de hablar del arte sin separar nunca la creación de la vida.
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—Agitador. Así dice el diccionario: «Persona que excita los ánimos para propugnar determinados cambios políticos o sociales». Más de 57 años como agitador. ¿Social o artístico?
—Artístico y social. Creo que es importante para mí: el arte no es un hecho decorativo, no es una cosa que se hace para decorar, sino que hay un discurso. Igual que la literatura escribe sobre algo, la música expresa un sentimiento, la fotografía es un planteamiento filosófico. Por eso creo que el arte debe prever cosas que van a pasar en la sociedad y meter el dedo en la llaga de situaciones que vivimos a nivel social.
—Como motivar, como exactamente esa palabra: agitar, despertar a las personas. ¿Qué representa ahora la fotografía para usted?
—Para mí, la fotografía es más que todo un hecho filosófico. Es la expresión de ideas que uno tiene que expresar a través de la fotografía o cualquier otro medio que uno necesite para expresarse. Creo que uno tiene que abrirse a muchas tendencias. Por eso me dieron un poco el Premio Nacional de Artes Plásticas. Uso serigrafía, escultura; o sea, las cosas que uno necesita para expresar lo que quiere expresar. Creo que hay que abrirse a nuevas posibilidades. Ante todo, cuando hago mi fotografía y mis instalaciones, me sorprendo a mí mismo en primera instancia. Uno debe ser como una especie de detonante de situaciones. Cuando la gente ve la obra, cada uno ve lo que quiere ver. No creo en eso de preguntarse cuál es el mensaje de una obra. Yo no creo en mensaje. Creo que es algo que te motiva y expresa situaciones.
Sí creo que, por supuesto, el factor social y el elemento de la violencia, que están tan presentes en mi obra, son cosas que nos salpican diariamente. Yo sí quiero denunciar; es como un grito, como gritar lo que estamos viviendo. Porque, lamentablemente, a veces el silencio es complicidad. A mí me interesa tocar esos temas que son un poco tabú. Por eso me han censurado bastante mi obra, cosa de la que me siento orgulloso, porque la idea justamente es que a la gente se le quede grabada la obra, por bien o por mal, pero que le quede. No quedan neutrales frente a mí.
—José Pulido dijo que sus obras han sido censuradas en varios países y que usted es uno de los fotógrafos y de los intelectuales del arte más censurados de la historia contemporánea. «Censurado hasta por el más desconocido de los espectadores con tan solo mirar por primera vez una obra de Garrido. La censura es inmediata, instantánea y mecánica», dice Pulido. Y esa censura no es solamente social; también está presente en las plataformas digitales. ¿Cómo es para usted enfrentarse a la necesidad de autocensurarse ante los algoritmos de las redes sociales?
—Los niveles de censura han aumentado de una manera impresionante. Los niveles de manipulación, los niveles de control. Los algoritmos nos determinan para que uno compre, para que uno piense de una cierta manera. Es impresionante. A mí me impacta a nivel de mi obra. ¿Cómo puede ser que pongas imágenes sumamente violentas de todo tipo y, de repente, un pezón sea algo malo? Eso es insólito, porque es algo natural. Y, de repente, te tumban la imagen. Estamos sobre un polvorín. No quiero ser el profeta del desastre, pero estamos sobre un polvorín. Y eso ha sido para mí: que la gente no se quede en silencio. Para mí es importante.
—Y hay otro tema que trata su obra y que usted nos enseña: lo feo. Por lo general, la estética se relaciona con la belleza, lo elegante, pero usted nos enseña a observar todo lo contrario: la estética de lo feo. ¿Por qué?
—Porque creo que hay una normalización y una imposición estética social, y más a través de las redes y los medios, donde la belleza obedece a unos cánones específicos. La mayoría de las personas no obedecemos a esos cánones y entonces catalogamos lo que no obedece a esa belleza impuesta socialmente como feo. Y a mí lo que más me preocupa es cuando lo bello se asocia a lo bueno y lo feo a lo malo. Entonces, una persona que no cumple con esas normativas estéticas automáticamente es mala.
Yo siempre pongo un ejemplo: a nivel estético, en una serie norteamericana de televisión yo soy un narcotraficante. Y no me calo esa, ¿me entiende? Yo soy gordito, me gusta ser gordito. ¿Por qué los gorditos? ¿Por qué está prohibido envejecer? Yo soy un viejito gordito y me encanta ser un viejito gordito.
Cuando a una mujer le piden en un trabajo «mujer de buena presencia», es una broma despectiva. No hay derecho. Si tú no obedeces esas normativas de estética, automáticamente, a nivel laboral y de Estado, y más en el caso de la mujer, hay una imposición y una especie de no aceptarte como persona bella porque no obedeces a esos cánones.
Entonces, abordar la estética de lo feo es abordar la estética de la vida diaria, de lo cotidiano.
Hay cosas que son hermosas. Yo trabajo mucho con perros muertos. A mí mis perros me parecen hermosísimos. También con la cucaracha. La cucaracha justamente la agarré como símbolo porque es un animal rechazado socialmente. Y la cucaracha es muy limpia; además, es la que va a sobrevivir a la guerra atómica.
—Veo su fotografía y pienso en su mente. ¿Alguna vez se ha sorprendido de sus propios proyectos? En el caso de la serie La espiral de la violencia, ¿ha tenido momentos en que se sorprende de usted mismo?
—Yo busco eso. Si yo no me sorprendo a mí en primera instancia, no me interesa. Siempre, en los trabajos, me hace falta sorprenderme y salirme de mi zona de confort, porque a veces nos quedamos en el conformismo de la zona de confort. Mi obra hace que vaya un poquito más allá y que yo me sorprenda en primera instancia.
Yo siempre digo una cosa: gracias a mi trabajo no pago psiquiatra y gracias a mi trabajo dreno mi terapia. Yo soy una persona normal, que no me alcanza el sueldo, que no tengo para eso. Yo soy normalito a pesar de mi obra.
—¿Por qué a un hacedor de imagen no le gustan las cámaras?
—Yo no soporto las cámaras fotográficas. Siempre a mis alumnos les digo: «Vamos a hablar de imagen». A mí me gusta un lápiz Mongol, que es analógico. Y bueno, en este momento no tengo cámara.
—¿Qué le gusta escribir? ¿O qué le gusta dibujar?
—Estoy dibujando ahora, haciendo unas caligrafías con sangre.
—¿Con sangre?
—Sangre mía y sangre de menstruación. Con ese homenaje que yo hago permanentemente a la menstruación.
—Después de 20 años cierra la ONG y está impartiendo clases vía online. ¿Cómo ha sido esa experiencia para usted después de tener a sus muchachos presencialmente?
—Yo era un tipo anti hacer las cosas por internet, pero realmente se da muy bien. La dinámica se da extraordinariamente bien. Y lo bonito, es cuando das a un taller de 20 personas y hay de 10 o 15 nacionalidades diferentes. Esa cosa es la interacción que se logra a través de gente de varios países y se da muy, pero muy bien. Estoy feliz de estar dando talleres digitalmente.
—Me siento honrada por la oportunidad de entrevistarlo. Le dejo el micrófono para que nos dé alguna palabra de su sabiduría.
—Creo que hay una frase de mayo del 68 que para mí es muy importante: «Sean realistas, traten de alcanzar lo imposible». Creo que la utopía es un sueño. Creo en las utopías y, en la medida que seamos realistas, alcanzaremos la utopía.