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Dina Atencio. Fotografías Ernesto Pérez

Dina Atencio: buscarse en la pintura

En la obra de Dina Atencio, la pintura no se presenta como una representación del mundo, sino como un territorio donde la memoria, la intuición y la materia establecen un diálogo constante. Su trayectoria artística parece haber estado marcada desde la infancia por una certeza silenciosa: pintar no fue una elección, sino una condición natural de su existencia.

Para Dina, los recuerdos que marcaron el descubrimiento de su vocación se consolidaron al ingresar a la Escuela de Artes Plásticas Julio Árraga. Allí comprendió que aquello que había ocupado cada rincón de su niñez tenía un lugar legítimo dentro de la cultura. “Al conocer a esos artistas definitivamente no tuve ninguna duda de que no podía desviar mi camino”, afirma. La cercanía con maestros y creadores le reveló que el arte podía ser una forma de vida, una convicción que nunca volvió a abandonar.

Su infancia aparece relatada como una sucesión de episodios donde el dibujo era más urgente que cualquier otra actividad. “Yo comencé a los cuatro años cuando me dieron el lápiz”, recuerda. Mientras otros niños encontraban entretenimiento en juguetes, ella llenaba cuadernos, paredes y hojas con imágenes nacidas de una imaginación inagotable. “Yo dibujaba vehementemente”, dice, evocando una pasión que terminó por convertirse en destino.

Amanece la etapa juvenil…

Esa intensidad temprana se transformó luego en una exploración constante de lenguajes y procedimientos. Atencio atravesó una larga etapa dominada por la textura, desarrollando superficies densas y monocromas donde el relieve adquiría una presencia casi escultórica. Más tarde comenzó a desprenderse de esa dependencia material para abrir espacio a nuevas formas de representación. “Estaba acostumbrada a resolver con la textura; entonces tuve que enfrentarme a un plano visual distinto”, explica. De ese tránsito surgieron las figuras solitarias y atemporales que hoy caracterizan buena parte de su obra.

Lo más fascinante de su proceso creativo es, quizás, la manera en que el accidente antecede a la intención. Para Atencio, el lienzo completamente blanco resulta intimidante. Prefiere que la tela viva primero una experiencia física antes de convertirse en obra. “Mis telas primero están en el piso y curtiéndose del accidente de lo que sucede”, confiesa. Sobre ellas caen restos de pintura, manchas, residuos de otros trabajos. Luego observa esas huellas y espera. “Esas manchas me van a contar una historia”, señala.

En esa metodología hay ecos del automatismo, pero también una profunda confianza en la capacidad narrativa de la materia. El caos inicial no es un obstáculo, sino la condición necesaria para que aparezca la imagen. “No miro el silencio como un inicio, más bien el caos”, afirma, definiendo una poética donde la pintura surge de aquello que parece accidental.

La textura continúa ocupando un lugar central dentro de su universo pictórico. Para la artista, la materia posee una capacidad expresiva propia, cercana a las fuerzas elementales de la naturaleza. “La materia refiere a la roca, a la naturaleza”, sostiene. Las capas superpuestas, los rastros ocultos y las correcciones visibles no son errores ni residuos del proceso: constituyen la memoria física de la obra.

Irrumpe la madurez…

En los últimos años, esa densidad matérica ha convivido con una insistente exploración del rostro femenino. Sin embargo, lejos de tratarse de un ejercicio de representación tradicional, la figura aparece como un vehículo para indagar en temas más profundos. “Me llama la atención la vulnerabilidad”, reconoce. En sus retratos, la belleza nunca es decorativa; es una presencia frágil y poderosa al mismo tiempo. “La belleza, siendo poderosa, se manifiesta en la fuerza de la textura y la pintura, pero con rasgos vulnerables”, reflexiona.

Esa búsqueda, lejos de haber concluido, permanece abierta. “Estoy buscando mi rostro”, confiesa con una honestidad que revela el verdadero núcleo de su trabajo. Cada figura parece acercarla a una respuesta que aún no termina de formularse.

Al hablar del color y de la construcción emocional de sus cuadros, Atencio abandona cualquier lenguaje técnico para situarse en un terreno íntimo. “La pintura siempre ha sido el medio de expresión más sincero y espontáneo de mí”, asegura. Sus obras funcionan entonces como autorretratos emocionales donde conviven fortaleza, melancolía, incertidumbre y deseo. “Creo que estoy desnudándome”, admite.

Quizás allí reside la singularidad de su propuesta plástica. Aunque sus imágenes puedan remitir a personajes, paisajes interiores o evocaciones históricas, lo que finalmente emerge es una cartografía de su mundo interior. Cada capa de pintura conserva la huella de una experiencia, cada rostro refleja una pregunta todavía abierta y cada textura testimonia una batalla entre el control y el azar. En la obra de Dina Atencio, la materia no recubre la pintura, la revela. Y en esa revelación persiste una búsqueda que, afortunadamente para el arte, aún no conoce la palabra final.

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