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Exposición "Imagen y memoria: Un siglo, diez calendarios. Venezuela siglo XX"

El calendario: documento de reconstrucción histórica

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La exposición Imagen y memoria: Un siglo, diez calendarios. Venezuela siglo XX revisa diez almanaques publicados entre 2016 y 2025 por Producciones Senderos y el Archivo Fotografía Urbana, mostrando al país a través de la fotografía, el diseño y la memoria colectiva. Claudia González Gamboa, editora del proyecto, comparte cómo cada calendario se convierte en archivo vivo, puente entre historia, estética y emoción, y adelanta la primicia de la próxima edición dedicada a maestros de la fotografía de calle.

La exposición Imagen y memoria: Un siglo, diez calendarios. Venezuela siglo XX, que culminó el pasado 11 de noviembre en la Sala de Biblioteca en el Centro Cultural de la Universidad Católica Andrés Bello, revisa una década de trabajo editorial dedicado a narrar al país desde la fotografía. Los diez almanaques publicados entre 2016 y 2025 por Producciones Senderos —fundado por Álvaro Betancourt y su esposa, la editora e historiadora Claudia González Gamboa— y el Archivo Fotografía Urbana, se despliegan aquí como un archivo vivo de la visualidad venezolana del siglo XX. Cada calendario funciona como documento, como relato y como cápsula de memoria.

Claudia sintetiza la esencia del proyecto cuando afirma que un calendario permite leer “dos perspectivas: el tema planteado y las marcas que cada uno deja al vivir su propio tiempo”. Esa doble mirada, colectiva e íntima, estructura la exhibición, cuyo montaje sobrio y ordenado propone un recorrido cronológico donde los fragmentos se vuelven historia: rostros, manos, gestos urbanos, pioneros, arquitecturas, mujeres, niños, escenas científicas y símbolos de una modernidad en transformación. Paneles numerados por año, acompañados de textos breves en tipografía amarilla y blanca sobre fondo gris, configuran una narrativa contenida, sin excesos, donde la emoción emerge desde la precisión.

La decisión curatorial de mantener el blanco y negro refuerza la lectura histórica y subraya la coherencia visual del proyecto. Como señala González, “utilizar la fotografía como documento de reconstrucción histórica es esencial, incluso cuando es una imagen artística”. Esta perspectiva sitúa a los almanaques más allá de su función doméstica: dejan de ser simples marcadores del tiempo para convertirse en un archivo cultural, un modo de interpretar el pasado reciente con rigor estético.

La entrevista revela además el origen íntimo de los calendarios. Álvaro, apasionado coleccionista de almanaques, buscaba un formato más dinámico y accesible que el libro tradicional. “Queríamos contar historias de forma más ligera, más móvil”, recuerda Claudia. Esa motivación inicial, unir investigación histórica, fotografía y diseño en un objeto cotidiano, se convirtió en la semilla de un proyecto que hoy cumple diez ediciones y que ha logrado construir una comunidad de lectores, coleccionistas y archivistas.

Álvaro Pérez Betancourt en imprenta. Foto cortesía Claudia González

La elaboración de cada calendario implica una investigación extensa en archivos públicos, privados y familiares. “La búsqueda en los archivos es un desafío y una riqueza; aparece lo identificado, lo por identificar y lo que enriquece el relato”, explica González. El Archivo Fotografía Urbana ha sido el aliado principal, abriendo sus fondos para que cada año se formule un tema distinto: luces y sombras, infancia, mujeres, gestos cotidianos, científicos, arquitecturas, democracia, entre otros.

Hay calendarios particularmente complejos, como el dedicado a los científicos, producido en plena pandemia y con los archivos cerrados. Esa experiencia obligó a explorar nuevas fuentes y a reinventar la narrativa visual. Otras ediciones incorporaron textos literarios o poéticos, ampliando la profundidad del gesto editorial. “El calendario ha ganado en sutilezas; ya no es una lista de ítems sino una narración bellamente construida”, dice la editora.

Uno de los grandes aportes de la entrevista es la claridad con la que González describe el carácter colectivo del proyecto. Además de ella y Álvaro, participan curadores, conservadores, digitalizadores y, de manera fundamental, diseñadoras editoriales como Gisela Viloria y Laura Morales Balza. “Es un producto en el que está involucrado un montón de gente; alguien recibe el calendario y no imagina cuántas manos lo hacen posible”, comenta.

A lo largo de diez años, el diseño ha refinado sus ritmos visuales, sus márgenes, su economía cromática y su forma de relacionar texto e imagen. La estética ha evolucionado hacia una mayor sobriedad poética, donde la fotografía respira y el lector completa el relato.

En la entrevista, González reflexiona sobre el valor de la fotografía como territorio donde se cruzan memoria individual y memoria colectiva. Una imagen del Ávila, de una casa colonial o de una calle de Caracas puede cambiar con el tiempo, pero sigue convocando reconocimiento. “La fotografía nos habla de lo que hemos sido, pero también de lo que permanece”, afirma. Es esa condición temporal, esa capacidad de fijar presencia, como diría Roland Barthes, la que convierte a los almanaques en herramientas de lectura del país.

La primicia: el calendario 2026

La próxima edición, actualmente en imprenta, inaugura una etapa distinta del proyecto. “Vamos a presentar una novedad: un antológico de grandes maestros de la fotografía, centrado en la fotografía de calle”, adelanta González. Será un calendario celebratorio, un puente entre los fotógrafos que han construido la mirada urbana del país y quienes hoy investigan esas mismas calles desde otros lenguajes.

La exposición se concibió como un homenaje a Álvaro Pérez Betancourt. En palabras del texto de sala: “Para quien el arte fue vida; y la memoria, legado”. Claudia sintetiza la filosofía del proyecto con un hilo invisible que une todos los almanaques: “pertenencia: pertenecemos a un país y él nos pertenece”. Y esa pertenencia se vuelve materia en cada uno de los almanaques expuestos. Contenida en escala, pero vasta en resonancia, la muestra deja una impresión de equilibrio y gratitud. El tiempo avanza, pero la imagen, como el afecto, la memoria y la voluntad de narrarnos, permanece.

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  1. La difusión cultural es la esencia de nuestra identidad.

    La difusión cultural es la esencia de nuestra identidad.

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