Entre la memoria de los archivos de El Universal, las coberturas de funerales, tragedias como Tacoa (1982) y el nacimiento del fotoperiodismo moderno en Venezuela, Luis Bisbal reconstruye —con lucidez y sin nostalgia— una vida entera detrás del lente. Su testimonio, recogido en 2023, adquiere hoy un peso distinto tras su muerte en marzo de 2026: el de una voz clave del fotoperiodismo venezolano que reflexiona sobre la fragilidad de los archivos y la memoria visual del país.
Hay fotógrafos que documentan un país y otros que parecen haberlo atravesado entero, de extremo a extremo, cámara en mano. Luis Bisbal perteneció a esa segunda especie. Su nombre aparece una y otra vez en la historia del fotoperiodismo venezolano: en las pistas del aeropuerto de Maiquetía cuando aún se podía caminar libremente entre aviones militares; en los laboratorios de El Universal, donde los negativos eran patrimonio y disputa; en funerales de Estado, tragedias, visitas presidenciales y escenas de violencia que marcaron décadas. Entre sus coberturas se encuentran acontecimientos de enorme impacto como el Terremoto de Caracas de 1967, uno de los episodios sísmicos más devastadores del país en el siglo XX, que transformó la ciudad y marcó una generación de fotoperiodistas.
Cuando lo entrevisté en 2023, Bisbal ya hablaba desde otro lugar: el de quien ha visto desaparecer archivos, oficios, credenciales y jerarquías. Hoy, tras su muerte en marzo de 2026, sus palabras adquieren la forma de una advertencia y, al mismo tiempo, de un archivo en sí mismo.
La imagen como inicio
Mucho antes de fotografiar presidentes, tragedias nacionales o acontecimientos que ocuparían las primeras páginas de los periódicos venezolanos, Luis Bisbal ya observaba el mundo con la curiosidad silenciosa de quien aprende a mirar antes de aprender a fotografiar. La imagen apareció temprano en su vida. No como una revelación súbita, sino como una suma de pequeños descubrimientos: una cámara Brownie de Kodak, los rollos fotográficos, las primeras pruebas y la fascinación por aquello que ocurría cuando la realidad quedaba detenida en un fragmento de papel.
“Desde muchacho me gustaba la fotografía. Compraba rollos y tenía una camarita Brownie de Kodak. La primera foto importante que hice fue una imagen de mi papá y mi hermano Miguel. No la conservé, lamentablemente. Después comencé a vender algunas fotos y me compré una cámara de cajón. Todavía conservo una”.
La verdadera escuela llegó poco después, en Bolívar Films. Cada vez que evocaba aquellos años lo hacía con gratitud. No hablaba de una empresa, sino de un lugar de formación donde la técnica y la disciplina eran inseparables de la mirada. “Bolívar Films era como una universidad. Allí aprendías de verdad”. En aquellos estudios convivían técnicos argentinos, chilenos y venezolanos. Allí aprendió a leer la luz, a dominar el fotómetro y a trabajar con equipos que hoy pertenecen a la historia del cine y la fotografía. Entre sus maestros, uno ocupaba un lugar decisivo: Ramiro Vega. “Fue uno de mis grandes maestros”.
Bajo su guía aprendió a trabajar con cámaras Mitchell, Arriflex y Bell & Howell, pero también comprendió algo esencial: detrás de cada imagen existe un oficio que exige rigor, paciencia y conocimiento. “No podía trabajar nadie que no supiera manejar bien un fotómetro”. Todavía muy joven recibió una responsabilidad inesperada: cubrir la inauguración del Círculo Militar de Maracay durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez. “Ramiro Vega me explicó cada plano que debía hacer. Yo tendría unos diecinueve años”. Aquella experiencia confirmó algo que ya intuía: estaba preparado para asumir desafíos mayores.
Maiquetía: el salto al fotoperiodismo
La oportunidad decisiva apareció en Maiquetía. Mientras trabajaba para Bolívar Films y para el noticiero El Observador Creole, conoció a Veneziano, fotógrafo de El Universal. El encuentro cambió el rumbo de su vida profesional. “Él quería irse a Caracas y me preguntó si quería ocupar su lugar en el aeropuerto”. Aceptó sin saber que estaba dando el paso definitivo hacia el fotoperiodismo. La decisión implicaba abandonar la seguridad de un empleo estable para entrar en un mundo donde el trabajo se medía imagen por imagen.
“Entré trabajando a destajo: te pagaban por cada fotografía publicada. Diez bolívares por foto. Pero en aquella época eso era dinero”. El primer día publicó cinco imágenes. Luego llegaron más. Y después muchas más. En poco tiempo ganaba más que en Bolívar Films. Incluso Ramiro Vega intentó convencerlo de regresar. Le ofrecieron mejores condiciones, equipo propio y una camioneta. Pero ya era tarde. “La fotografía me había atrapado”.
Con el tiempo, Bisbal se convirtió en jefe del departamento de fotografía de El Universal y, posteriormente, coordinador del Centro de Documentación del diario. Allí acumuló más de 55 años de labor, uniendo en sí misma la práctica del reporteo y la custodia del archivo.
El oficio en el límite
Maiquetía fue una de sus grandes escuelas. Allí aprendió a moverse entre pistas, hangares y controles militares con una libertad que hoy resulta impensable. Desde ese punto privilegiado no solo documentó la vida cotidiana del aeropuerto, sino también la llegada de personalidades internacionales, visitas oficiales y momentos clave de la historia política del país. Con el tiempo, ganó la confianza de pilotos, militares y trabajadores del aeropuerto. Su trabajo lo llevó a cubrir desde Carayaca hasta El Limón, en una geografía que se ampliaba con cada asignación. Fue también la época de las decisiones rápidas, del riesgo y de la exclusividad.
Una de esas historias comenzó cuando un barco de pasajeros quedó a la deriva frente a San Juan de los Cayos. El capitán Candica, piloto de la Fuerza Aérea, le propuso una salida inesperada: “Vente conmigo”. Bisbal abordó un bombardero B-25 de la Segunda Guerra Mundial. Viajó de pie, en el lugar del artillero. Durante el vuelo, una falla en el tanque de combustible generó un riesgo extremo. “Pudimos haber explotado en el aire, porque dejaron abierto el tapón de combustible”. Aun así, continuaron la misión. Llegaron al barco, realizaron la cobertura y regresaron con una exclusiva para El Universal. Pero la historia tuvo un giro posterior: un negativo fue solicitado por la revista Life a través de un colaborador. “Nunca devolvieron el negativo y tampoco dieron el crédito”. La imagen se publicó como exclusiva ajena. “En esa época todo era de palabra. Hoy eso sería demandable”.
Tacoa, El Limón y la violencia del país
A lo largo de su carrera, el riesgo fue constante, aunque él lo mencionaba sin dramatismo. “Muchísimas veces”. El incendio de Tacoa, la tragedia de El Limón, el Terremoto de Caracas de 1967 y los conflictos universitarios de finales de los años sesenta forman parte de su memoria profesional. En emergencias, viajaba en embarcaciones de la Guardia Nacional hacia zonas aisladas, enfrentando condiciones extremas. En El Limón, un helicóptero los dejó en Rancho Grande. Desde allí caminaron durante horas entre barro, vehículos arrastrados por la corriente y cuerpos atrapados. “Tomábamos agua pantanosa y comíamos cambures verdes para mantenernos”.
La tragedia de Tacoa vuelve una y otra vez en su relato. “Murieron periodistas, fotógrafos, bomberos… muchísima gente”. Recuerda una imagen que lo marcó: “Mujeres bomberos cargando un cuerpo mientras detrás se veía la explosión”. Pero quizá la fotografía que mejor resume su oficio nació durante la renovación universitaria de 1969. Desde la distancia vio a un hombre armado apuntando con precisión. Ambos se miraron. “Él me veía a mí y yo lo veía a él”. Esperó. “Cuando disparó, yo disparé la cámara”. La imagen fue portada de El Universal y obtuvo el tercer premio mundial de fotografía en Rusia, en el concurso por el centenario del nacimiento de Lenin.
El archivo como memoria del país
Entre sus recuerdos aparece también el funeral de Rómulo Betancourt. “Logré subir al techo para hacer una fotografía panorámica del acto”. Desde allí capturó una escena que aún considera irrepetible: la multitud, la urna, los políticos y el ambiente completo del país en un solo encuadre. Pero si hay un tema que atraviesa toda su voz es el archivo. “Un archivo fotográfico guarda la memoria de un país”. Y su preocupación es clara: “Si un periódico no conserva sus negativos, está botando su propia historia”. Describe cómo en El Universal se perdieron imágenes desde la época de Gómez. Negativos que nunca fueron preservados, mientras se conservaban clichés de impresión que luego resultaban inútiles.
Del negativo a lo digital
El cambio tecnológico no lo entusiasma del todo. “Antes uno construía la fotografía. En la ampliadora le dabas luz a unas partes, le quitabas a otras”. Sobre lo digital, es directo: “Ahora todo es automático”. Y añade: “La fotografía digital tiene algo muy delicado: tú no tienes nada tangible en las manos”. Para él, el presente del fotoperiodismo es incierto. “Deberían tener más humildad, pero también valorar más su trabajo”. Y deja una idea que atraviesa todo su pensamiento: “El conocimiento vale mucho más que eso”.
Memoria, infancia y pérdida
Cuando la conversación se desplaza hacia el pasado, Bisbal regresa siempre al inicio. Los fotógrafos minuteros de la Plaza Bolívar, el asombro ante el revelado, la magia del negativo transformado en imagen. “Todo ese proceso me fascinaba”. Vivía en Baruta. Tenía unos cuatro años cuando su madre lo llevaba a la Plaza del Cristo. Allí un fotógrafo minutero tomó una imagen familiar que aún conserva. “Todavía tengo esa foto. Incluso una copia coloreada a mano”.
Por eso habla del archivo con una mezcla de afecto y preocupación. Sabe que la memoria es frágil. A lo largo de los años reunió premios, diplomas y fotografías familiares. Durante un tiempo los conservó en su casa de Guarenas, como una pequeña cartografía de su vida. Pero el tiempo avanzó. “Ese cuadro ya perdió el color porque le pegaba mucha luz”. Y muchas otras cosas desaparecieron. “Los que podían hacerse responsables de esas cosas ya no están”.
El oficio sin vanidad
Cuando habla de reconocimientos, su tono cambia. No hay orgullo ni nostalgia. “A mí no me gusta la vanidad”. En una ocasión, corrigió una publicación sin firmarla: “El nombre que debe aparecer es el del autor, no el del corrector”. Nunca trabajó por premios. “Nunca he trabajado pensando en reconocimiento. Lo importante era hacer el trabajo, estar allí y cumplir”. Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordado, la respuesta tarda. “Esa es una pregunta difícil”. Su familia le recuerda la importancia de su trayectoria, de sus imágenes, de lo que ha dejado. Él escucha, pero vuelve siempre al mismo lugar. “Lo importante era hacer el trabajo, estar allí y cumplir”.
Quizá en esa frase se resume una vida: la del fotógrafo que no buscó la gloria, sino el instante; no el nombre, sino la imagen; no el reconocimiento, sino la memoria.
Entrevista realizada en 2023. Actualizada tras el fallecimiento de Luis Bisbal en marzo de 2026.†