Murmuran en el velo sombrío de la noche,
más lo que buscan no es el deleite de mi alma,
sino la suave curva, la secreta y delicada gracia
que, a la luz pálida de la luna, adorna mi espacio.
Tras mi espalda, sus juicios susurrados se arrastran,
pero en esa mirada furtiva no logran contener
sus ojos que siguen la línea, el arco sutil,
donde carne y fantasía en dulce desorden se entrelazan.
Quien se atreve a censurar, declaro,
no contempla la virtud ni su cuidado,
sino que permanece, tembloroso, en clandestino pase,
embelesado únicamente por la poesía de mi trasero.
Dejad que murmuren, que sus susurros tejan
un tapiz de envidia que apenas creen.
Yo, intacta por la malicia, me alzo en fuego espectral
y bailo en la noche con deseo incontenible.
