Hay premios que llegan envueltos en discursos largos y otros que llegan con una sonrisa discreta, como quien trae café sin preguntar si hay azúcar. El Premio Nacional de Fotografía creado por Pablo pertenece a esta segunda categoría: un premio independiente, surgido desde la comunidad fotográfica, hecho con la materia prima más escasa de estos tiempos, el acuerdo entre colegas.
Ese 11 de diciembre, en la sede de Avecofa, en Caracas, no se tomó ninguna decisión, porque lo verdaderamente difícil ya había ocurrido antes: fotógrafos de distintas partes del país se habían puesto de acuerdo. Hazaña notable, pues el fotógrafo, por naturaleza, discute la luz, el encuadre y hasta el clima, incluso cuando el sol está de buen humor. La decisión había sido fruto de una consulta amplia y conversada, y por unanimidad el primer premio ya tenía nombre y apellido. Ese día solo quedaba celebrarlo. La sala estaba llena de miradas entrenadas. Profesores que enseñan a ver incluso cuando el alumno todavía no sabe qué está viendo; periodistas atentos a lo que se dice y a lo que no; estudiantes con cámaras nuevas y nervios intactos; y fotógrafos, que hablan poco, pero observan mucho, como corresponde a su especie.
Pablo tomó la palabra sin solemnidad excesiva, como quien conversa en voz alta. Dijo que aquel premio era, ante todo, un experimento. Que no venía de fundaciones rimbombantes ni de oficinas donde alguien decide desde arriba a quién le toca. Este era distinto: un premio de fotógrafos para fotógrafos, nacido de la confianza, no del protocolo. Contó, con humor franco, que algunos preguntaron por qué yo. Que, si era fotógrafa o no lo era, como si la fotografía se midiera solo por la cantidad de cámaras colgadas al cuello. Y recordó algo esencial: que la fotografía también se sostiene gracias a quienes la cuidan, la promueven y la rescatan del olvido. Que muchos fotógrafos, antes invisibles, encontraron luz porque alguien los miró con atención y los puso en escena.
Aclaró, además, que este no era uno de esos premios que llegan tarde, cuando ya uno está listo para despedirse y dejar la vitrina cerrada. Al contrario, era un premio que compromete, casi una travesura con consecuencias. Un reconocimiento temprano que no invita a sentarse en la poltrona, sino a seguir trabajando. Según Pablo, más que un premio, era un pequeño problema que ahora me tocaba asumir.
Y así, entre risas, metáforas exageradas y advertencias cariñosas, quedó claro que yo, Mónica Pupo, era el primer experimento, el punto de partida de algo que todavía se está inventando. Un premio sin poses heroicas ni estatuas solemnes, pero con una condición clara: seguir contribuyendo al crecimiento de la fotografía en Venezuela. Aquella tarde no hubo estridencias. Hubo conversaciones, abrazos, alguna emoción disimulada mirando al techo y muchas fotografías invisibles, de esas que no se imprimen, pero se guardan para siempre. Porque al final, como bien sabe todo fotógrafo, lo importante no es solo lo que se ve, sino lo que permanece cuando la imagen se apaga.
Y así comenzó el Premio de Pablo: sin alharacas, con buen ojo y mejor humor. Un premio que no se impone, sino que se comparte. Como la fotografía cuando de verdad importa.
Para ti Mónica, mi agradecimiento, sigue creciendo y haciéndonos crecer como fotógrafos. Como te lo comenté ese día 11 de Diciembre, gracias por darnos espacios, por conversar sobre la fotografía de manera sencilla, directa y desprendida. Un gran Abrazo, Vicente.