Un sonido lejano se acerca con la paciencia de quien no tiene prisa por irse. Es el motor de un carro, un automóvil grande, de esos que parecen más idea que vehículo. No sé de motores, pero juro que ese estaba despierto antes que yo: taca, taca, taca, constante, obstinado, como una alarma que no cree en el perdón. El ruido se vuelve íntimo, me roza el subconsciente y me saca del sueño. Abro los ojos y odio el día. Un rayo de sol se cuela por la cortina espesa y me invita con descaro: ven, caliéntate conmigo. No quiero. Hoy no.
Mi gato llora. Reconozco ese lamento específico, esa ópera felina que anuncia tragedia digestiva. No quiere salirle la bola de pelo, pero algo saldrá, seguro: la comida que se tragó sin masticar, como si tuviera prisa por llegar a ninguna parte. Lo odio, porque tendré que levantarme a limpiar el obsequio matutino. También me odio un poco: debería moverme más. He engordado a fuerza de pan de jamón y ensalada de gallina, lo único verdaderamente hermoso de estas temporadas. En la oficina, una compañera me trae cada semana dulce de lechosa en un frasco viejo de mayonesa Mavesa, con su etiqueta intacta, como si la nostalgia también se reciclara. Lo prepara su abuela. A mí no me gusta. Odio el dulce. Creo que ella quiere algo conmigo. ¿Quién insiste tanto? Ni los mejores amigos.
Me levanto, me rasco una nalga y busco dónde carajo mi gato dejó el presente. Bingo: debajo de la mesa. Lo limpio con asco, pero también con solidaridad interespecie. Ya despierto, preparo el café de siempre. Me engullo los medicamentos todos juntos, un buche de jugo de naranja y pa’ dentro. Abro la nevera y agarro una arepa con queso, incompleta, mordisqueada, vestigio de un hambre anterior que no recuerdo. Le doy un mordisco. Está dura y fría. La escupo en el basurero con dignidad herida.
La cocina huele a café recién hecho. Me siento y miro por la ventana mientras lo bebo. Veo salir a la esposa del médico, enfundada en su traje de tenista. No tiene brazos ni piernas de tenista. Dudo de ella. No es mi tipo. Enciendo un cigarro. Suena el teléfono: un mensaje de mi mamá con un texto bíblico. Lo borro sin leer. Me provoca lo mismo que el dulce de lechosa.
Último sorbo de café. Apago el cigarro. Me ducho, me visto y me lanzo a la calle, que detesto con vocación. Veo un taxi y me subo. Doy la dirección. El conductor tiene la radio encendida: unos jóvenes balbucean palabras sin dicción ni alma. Qué lástima, este medio fue importante. Levanto la vista y observo al chofer. Viste completamente de blanco, incluso el sombrero. Le faltan los dedos de ambas manos. No muñones recientes, no heridas: ausencia limpia, definitiva. Me sorprende cómo maneja.
—¿No le incomoda conducir así? —le pregunto, más por nervios que por curiosidad.
Sonríe sin mirarme.
—Uno se acostumbra a todo —responde—. A perder, sobre todo.
Callamos. El motor sigue su taca taca taca, idéntico al de la mañana, idéntico al del sueño. Miro por la ventana: las calles se vuelven extrañamente largas, como si la avenida se estirara para no llegar nunca. El taxi no se detiene en los semáforos. Tampoco frena.
—¿Falta mucho? —pregunto.
—Para usted, sí —dice—. Para mí, no.
Entonces lo veo en el espejo retrovisor. No sus ojos, sino los míos. Los mismos, pero más cansados. Más antiguos. Comprendo, con una lucidez que duele, que no recuerdo haber salido de la casa, que el café aún debía estar caliente, que el gato todavía vomitaba.
El taxi se detiene al fin. El conductor se gira apenas.
—Todos llegamos —dice—. Lo importante es no fingir que no sabíamos el camino.
Bajo. El taxi desaparece sin hacer ruido. El motor se apaga dentro de mí. Y por primera vez en mucho tiempo, entiendo que no odiaba el día: lo que odiaba era seguir despierto sin vivirlo.