de Étienne Manceau: el orden como vértigo
La sala está llena. Un tango abre la escena. En el centro, una mesa diminuta iluminada cenitalmente. Esperamos al actor allí, pero la puerta del teatro se abre y, desde la contraluz, emerge una figura que arrastra los pies. El roce de sus pasos, acompañado por un clic rítmico, impone un compás hipnótico. No hay prisa: limpia sus zapatos antes de entrar, como si cruzara un umbral sagrado. Cada gesto es un acto de control, una coreografía de lo cotidiano.
En francés, Vu significa “visto”. Pero aquí lo que se ve no basta: hay que mirar más allá del gesto, del orden meticuloso con el que el intérprete, Étienne Manceau, cofundador de la Compagnie Sacékripa, construye su universo doméstico. Vu es una poética de la precisión, donde el más mínimo error podría desatar el caos. El intérprete parece máquina en su exactitud, pero es cuerpo, y el cuerpo, por naturaleza, tiembla.
De la mesa surgen todos los objetos: una silla, una tetera, una cinta métrica, un litro de leche. Nada está ahí sin propósito. El actor mide, limpia, organiza. Y, sin embargo, en cada acción se filtra una fragilidad que lo humaniza. Cuando intenta encontrar el inicio de la cinta adhesiva y no puede, rompe en silencio la cuarta pared. No habla, pide ayuda, su mirada busca al público. ¿Cuántas veces hemos estado en ese mismo gesto, enfrentando una mínima frustración que revela la grieta del orden?
El punto de máxima tensión llega cuando intenta cortar los rollos de papel que envuelven sus dedos. Saca un cuchillo de carnicero. El aire se detiene. No hay música, solo la amenaza. Por un instante creemos que cortará los dedos, que la obsesión llegará a su límite. Pero no ocurre. Ese amago basta para que el cuerpo, antes contenido, se vuelva vulnerable. El hombre que parecía un autómata deja entrever su fragilidad, la fisura de lo humano bajo la máscara del control.
Vu convierte el detalle en abismo. Lo que parece un juego de repeticiones se vuelve una meditación sobre la soledad, la exactitud, la impotencia. Manceau no actúa: disecciona los gestos, los convierte en pensamiento visible. La risa se mezcla con la inquietud, el orden con el temblor. ¿Nos enseña Vu que el control es solo otra manera de sobrevivir al caos? ¿O acaso, como sugiere ese cuchillo suspendido, el deseo de perfección no es sino una forma de autodestrucción lenta, exacta y silenciosa?
Tuve la oportunidad de ver Vu en el marco del Festival de Artes Escénicas Franco-venezolano, en su quinta edición, presentada en el Teatro Luis Peraza, Centro TET, durante dos únicas funciones: viernes 31 y sábado 1. Una lástima que haya sido una visita tan breve. Una obra de esta sutileza, que logra decir tanto desde el silencio y el gesto, merecía recorrer Venezuela, para seguir siendo, como su título lo sugiere, vista.