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"Sobrecarga" de César Castaño

Sobrecarga

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Me topé con Sobrecarga, una escultura que César Castaño realizó en 2014. Hierro forjado sin moldes sobre una base de madera de roble recuperada. La obra se exhibe actualmente en «La memoria de lo cotidiano», exposición que reúne veintiuna obras de la colección Pérez Simón en la Casa Municipal de Cultura de Avilés. La muestra busca poner en diálogo distintas formas del costumbrismo español con la singularidad del costumbrismo asturiano de comienzos del siglo XX: escenas en las que conviven la ternura y la dureza, la memoria y el cambio, la tradición y la modernidad.

Pero hay algo en Sobrecarga que, después de mirarla detenidamente, me resulta imposible pasar por alto. Investigando un poco sobra la obra, en palabras del artista, es un «homenaje a las madres, especialmente en las zonas rurales, que siempre cargaron con todo y con todos, sin esperar nada a cambio». Una obra pequeña, pero poderosa. La mujer lleva un recipiente sobre la cabeza. En una mano sostiene otro objeto; con la otra lleva de la mano a un niño. No está cargando al niño sobre su cuerpo: camina junto a él, asegurándose de que avance a su lado. Arriba, el peso. En una mano, otra tarea. En la otra, alguien que depende de ella.

Transporta. Trabaja. Cuida. Todo al mismo tiempo.

La miré y regresé a mi infancia. A los barrios de Caracas. A las mujeres que veía caminar con recipientes sobre la cabeza, cargando agua, ropa, alimentos. Detrás, casi siempre, los niños. La imagen de Castaño nació en Asturias, en un mundo rural al que el artista está profundamente ligado por su historia familiar y por su oficio de herrero. Hijo y nieto de ferreiros, volvió a la fragua familiar y convirtió el hierro en una forma de recuperar tradiciones, personas y escenas de la vida cotidiana.

Pero yo vivo en Caracas.

Quizá porque determinadas imágenes no pertenecen a un lugar. Pertenecen a la memoria.

Recordé a José Saramago. Acababa de terminar Ensayo sobre la ceguera y la mujer del médico seguía conmigo. Es la única que conserva la vista cuando todos los demás quedan ciegos. Decide fingir que también lo está para acompañar a su marido y termina convirtiéndose en los ojos de un pequeño grupo: lo guía, busca alimento, protege, organiza y presencia aquello que los demás no pueden ver. Su capacidad de ver es también una condena: carga con el horror que los otros no pueden mirar.

La mujer de Castaño carga sobre la cabeza.

La mujer de Saramago carga con lo que ve.

Aquí se encuentra una de las formas más profundas de la sobrecarga: cargar también con aquello que sabemos. Saber que falta algo. Que alguien necesita ayuda. Que hay que pedir una cita médica. Que un hijo tiene un problema. Que una madre envejece. Que hay que comprar comida. Que el perro necesita atención. Que alguien está triste. Que algo, si no lo resolvemos nosotras, probablemente no lo resolverá nadie.

La socióloga Arlie Russell Hochschild llamó «segunda jornada» al trabajo doméstico y de cuidados que continúa después del empleo remunerado. Pero hay mujeres para quienes ni siquiera existen dos jornadas: las tareas se superponen, se mezclan, se persiguen unas a otras. Asimismo, están quienes quedan atrapadas entre dos generaciones. La llamada «generación sándwich» cuida simultáneamente a los hijos y a los padres. Una investigación realizada en Italia encontró que las mujeres con hijos menores de quince años que, además, cuidaban de familiares dependientes presentaban una mayor probabilidad de depresión. Otro estudio nacional en Estados Unidos encontró en estos cuidadores mayores dificultades económicas y emocionales, así como una mayor sensación de sobrecarga asociada al rol de cuidador.

La imagen de Castaño vuelve entonces a cambiar. Ese niño que hoy camina de la mano de su madre algún día podría ser quien lleve a su madre al médico. La mujer que un día sostuvo a sus padres puede terminar sosteniendo a sus hijos mientras cuida a quienes la sostuvieron a ella.

¿En qué momento dejamos de ser hijos para convertirnos en cuidadores?

¿Quién cuida a quien cuida?

¿Quién recuerda a quien recuerda todo?

Miro nuevamente la escultura. Pienso que quizá le falta un perro. Porque también cuidamos a los animales: a los que llegan, a los que encontramos, a los que adoptamos. Protegemos, aunque ya estemos cansadas. Resolvemos, aunque no sepamos cómo. Nos hacemos cargo. Y aparece la parte que menos solemos decir. También nos agotamos. Podemos amar a nuestros hijos y necesitar estar solas. Amar a nuestros padres y sentirnos exhaustas. Amar a quien cuidamos y, algunas veces, desear escapar. El amor no elimina el cansancio. Confundimos la fortaleza con la capacidad de soportarlo todo. Porque una mujer puede llevar agua sobre la cabeza, un cubo en la mano, un niño a su lado, una casa en la memoria, un padre enfermo en el pensamiento y una familia entera en el corazón.

Puede. Pero ¿por qué tiene que poder?

Quizá porque así nos enseñaron. A aguantar. A seguir. A ser fuertes. A resolver. A no quejarnos demasiado. A levantarnos antes de que alguien note que estamos cansadas. Probablemente esa sea la verdadera Sobrecarga: no aquello que una mujer es capaz de cargar, sino la expectativa de que continuará haciéndolo. Es hora de dejar de admirar cuánto puede soportar una mujer y empezar a preguntarnos por qué la dejamos sola con tanto peso.

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