Hay películas que te gustan y ya, y luego está Sirat, que es de esas que te descolocan un poco la forma de mirar el cine. Por lo visto, Oliver Laxe no rueda para que salgas “contento” de la sala, sino para que salgas un poco tocado, como después de una noche larga en la que no sabes muy bien qué pasó, pero intuyes que algo importante se movió dentro. Una de las cosas que más me fascinan es cómo Laxe habla del desierto y luego cómo lo filma: para él la naturaleza no es un decorado lindo, es un ser vivo que te pone a prueba, te quita cosas y te obliga a mirarte de frente. Y esa idea se ve plano a plano: esos horizontes abrasadores, los barrancos, la sensación de que no hay sombra donde esconderse funcionan casi como un examen moral continuo para los personajes. En Sirat, el paisaje no acompaña la acción, la juzga: cada paso de ese padre y ese hijo buscando a la hija perdida parece pesado, no tanto por el calor, sino por todo lo que arrastran por dentro.
Se nota también la complicidad con Mauro Herce, su director de fotografía de confianza; Laxe cuenta que cuando él llega al proyecto los paisajes y el imaginario ya están bastante claros, pero que comparten una sensibilidad y “hablan la misma lengua”. Eso se traduce en imágenes que no buscan ser “bonitas” en el sentido de postal, sino potentes, casi heridas: hay polvo, grano, cuerpos sudados, luces que no favorecen, sino que exponen. A mí lo que me llega es que nunca sientes que la cámara esté “por encima” de la gente que filma; está metida en la fiesta, en el barro emocional, pero sin perder cierto pudor, como si supiera que hay cosas que es mejor sugerir que subrayar. Lo de las raves, por cierto, no es un capricho estético: Laxe dice que de la cultura rave le interesa ese elogio de la fealdad y de la cicatriz, esa comunión de gente rota que se reconoce en la pista. Y la película respira justo eso: los cuerpos que filma no están idealizados, están llenos de marcas, cansancio, rarezas, y la cámara los acoge sin juzgarlos, como si el propio cine fuera otra forma de rave, un lugar donde puedes mostrar tu herida sin que te echen. Esa mezcla de trance, sudor, techno y vulnerabilidad convierte muchas escenas en rituales más que en simple entretenimiento, sobre todo cuando la música y la imagen se funden y lo narrativo casi desaparece.
Me gusta que Laxe repita que Sirat es su película “más abierta y también la más radical”. Abierta porque parte de un esquema casi clásico de cine de aventuras —un padre y un hijo que cruzan el desierto, de rave en rave, buscando a alguien—, pero radical porque se niega a explicarte todo y prefiere dejar que tú sientas, incluso a costa de que salgas pensando que “no la entendiste del todo”. Él mismo dice que si pusiera demasiada intención y lo hiciera todo muy claro, el efecto de las imágenes sería menor, se quedaría en la cabeza y ya; lo que busca es remover algo más profundo, aunque eso implique que algunos espectadores se incomoden.
En las entrevistas insiste mucho en que no cree en el azar y que ve el mundo como algo “mágico y encantado”, regido por una inteligencia creativa que nos pone normas que nos ayudan a crecer, por duras que sean. Esa fe, que no es confesional pero sí muy espiritual, se cuela en la forma de rodar: el desierto como lugar de prueba y de revelación, la rave como ceremonia donde bailas, sudas, lloras, vomitas y ves tus fantasmas, pero al final sales un poco más sanado. Cuando la película plantea el fin del mundo, no lo hace como explosión definitiva, sino como cambio de era, como si esta caravana techno fuera el corte entre un mundo que se acaba y otro que aún no sabemos nombrar.
Además, hay algo muy bonito, casi contradictorio, en cómo combina todo ese discurso casi místico con la crudeza del rodaje: habla de tormentas de arena, de frío y calor extremos, de música a todo volumen, de estar enfermo y recién separado, preguntándose para qué se mete en líos así. Y, ahí sale una película donde se entiende la cultura rave desde dentro, con su lema implícito de “gime, llora, tírate al suelo, patalea, desgárrate, pero no dejes de bailar”. Esa frase, aplicada al cine, define bastante bien su manera de rodar Sirat: asumir el dolor, la fragilidad, el caos, pero seguir, seguir, seguir, como si la cámara también estuviera obligada a no parar de bailar.
Al final, viendo Sirat uno tiene la sensación de que lo que se está jugando en pantalla no es solo la historia de una familia rota, sino algo más grande: una generación herida que intenta trascender, un mundo que intuye su propio final y tantea nuevas formas de fe, de comunidad, de comunión. Y ese equilibrio entre lo íntimo y lo cósmico, entre la cicatriz individual y el paisaje gigantesco, es lo que, como espectador amante del cine, me hace pensar que Laxe está filmando no solo una película, sino una especie de oración rara y ruidosa, dicha a golpe de bajo y luz estroboscópica. Y tú, ¿ya viste Sirat?
Objetivo sin dirección