Hace treinta años, José Saramago publicó Ensayo sobre la ceguera, una de las novelas fundamentales de la literatura contemporánea. Escrita en Lanzarote, la obra marcó el inicio de su etapa alegórica y nació de una inquietud que el propio autor resumió con una frase inolvidable: «Somos ciegos que, viendo, no vemos». Con motivo de este aniversario, Mirada Ecléctica recupera Oscar habita la oscuridad de los colores, de Alejandro Vásquez Escalona, publicado originalmente en la tercera edición de la revista (julio-septiembre de 2025).
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Las cuatro fotografías en atmósfera sepia constituyen una secuencia que se mueve como las agujas de un reloj. Un hombre moreno, de camiseta blanca, en plano americano, habla y gesticula con las manos. Sus ojos están como borrados. En la cuarta imagen, el rostro del retratado estalla en una carcajada. La fotografía habla, pero no precisa por qué ríe. ¿De qué reirá?
La ciudad se sumerge en una suave tarde soleada. Las calles simulan ser riachuelos de autos. Las motocicletas zigzaguean entre las filas de vehículos. No se dejan atrapar por la pesadez de la dinámica urbana. Desde una zona residencial caminamos hacia donde se pespuntea el cerro o favela.
En un semáforo, los autos se detienen ante la luz roja. Esperan. Esperan. Atravesamos al otro extremo de la vía. Se enciende la luz verde. Todos los conductores aceleran y continúan su viaje. No queda rezagado ningún auto. Su conductor no se ve pronunciar desesperado dos palabras: estoy ciego. Solo evoco el inicio de la novela Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.
La calle comienza a empinarse. Las casas son como piezas de Lego incrustadas una sobre otra. Una al lado de otra. Subimos la escalera de una vivienda rojiza por los ladrillos sin frisar. En el último escalón espera Oscar Briceño. Nos observa subir hasta su hogar en silencio. Extraviado, sin precisión sobre nuestra ubicación. Sabe que vamos a conversar sobre su vida para una publicación.
Tal vez evoque cuando era niño, de un año y tanto, e intentaba abrirse paso entre las hojas lacerantes de un piñal. Mientras percibía el aroma agridulce que emanaba del cultivo, se sentía menos desesperado. Lloraba menos. Intuía que aún estaba en el patio de su hogar. Todavía no se precipitaba por el despeñadero oscuro. Después lo encontrarían llorando en pañales. Su padre es campesino cultivador de piñas en Chimpire, caserío cercano a Motatán, en Venezuela.
Edoardo inicia la conversación con Oscar en una zona anémica de luz en la sala de la vivienda. Interroga. Interroga. Investiga para realizar una publicación de relatos de vida sobre invidentes.
Observo en ciento ochenta grados el espacio. Fotografío imaginariamente, cámara en mano. No soy una ametralladora visual. Me agrada más ser francotirador. Vine para fotografiar al hombre que ríe en la imagen. Y esa carcajada que desborda su semblante. ¿Por qué reirá?
Un reloj de péndulo en la pared, camisas que se desgajan de una cuerda, muebles de mimbre sencillos. Atrás, el humo de la cocina, la fragancia del café. Una bocanada de sol penetra verticalmente por la puerta de entrada. Sugiero a Oscar moverse hacia el lugar. Camina. La luz solar le cae como un baño lateral. Descuelgo de la pared su retrato y lo coloco sobre una silla a su costado.
Oscar continúa tejiéndonos con palabras su vida:
«Nací con remanente visual, no se desarrolló el nervio óptico. Veo muy poco, sombras. Distingo borrosamente los colores, pero no conozco sus nombres. No me los enseñaron. Soy el octavo de ocho hermanos; tres son ciegos también».
Es el octavo hijo de la familia, aunque no disfrutó plenamente de aquel cómic en la televisión en blanco y negro de su casa. Apenas entreveía sobre la pantalla de vidrio gotas de oscuridad que se movían. Y eso era divertido.
No soy ametralladora visual. Me agrada más ser francotirador.
Alejandro Vásquez Escalona
Ríe al recordar su niñez. Supo cubrirse de alegría y resiliencia desde siempre. «La vida no es para competir, sino para complementarnos; por eso no llevo ansiedad ante mi condición de invidente», expresa.
Cuando estudiaba en el liceo Andrés Bello de Caracas aprendió estenografía, una técnica de abreviatura para escribir. Terminaba de copiar lo expresado por el docente antes que sus compañeros de curso. Era el único ciego.
Siempre estuvo convencido de que la vida es un brote primaveral que se expande desde adentro y se marchita también desde nosotros. Desde niño supo que debía dejar florecer frondosamente su voluntad de escuchar y de tocar la piel del mundo, porque afuera habita la realidad con su rudeza y siempre es mejor tomarla por los cuernos con alegría.
No ha leído Ensayo sobre la ceguera. No conoce la pelea a puñetazos entre el primer ciego de la novela y el ladrón de su auto. Con todo, cuenta que, en el Instituto Venezolano de Ciegos, en Caracas, donde estudió primaria, los conflictos entre estudiantes con frecuencia se resolvían a trompada limpia. La palabra bullying no existía en el diccionario. Trompada. Más adelante, perdón.
De muchacho, tuvo varios amores. Recuerda a una chica de cuando estudiaba en la Normal Manuel Antonio Caro. Ella siempre intentaba entablar conversación. Conversaba. Conversaba. Oscar solamente la escuchaba. Era muy tímido.
Un día, ante la ausencia de la calidez de la palabra que regresa, ella, molesta, se despidió para siempre. Oscar entendió que «hombre cobarde no besa mujer bonita». Se propuso ser más comunicativo. Vencer el miedo. Vencer la timidez. Esa decisión también lo ayudó en su carrera docente: a seducir a otras chicas y a la mujer que fue su esposa.
Después, Oscar Briceño estudió para maestro en la Escuela Normal Manuel Antonio Caro, en Caracas. También fue el único estudiante ciego en los cursos, pero surfeador sobre las palabras de los otros para imaginar sus cuerpos, sus apariencias.
Habitaba en la casi oscuridad, pero hacía crecer la intuición para sentir la calidez o lo espinoso del otro, aunque se vistiera de simulación. Graduado de docente, se volvió lluvia de verano para humedecer la tierra ciega de donde brotarían otros seres con pasión por la vida que no se deja mirar.
En ese tiempo, todos sus estudiantes eran invidentes. Algo de su entusiasmo florecía en esos niños cercados por la adversidad de no conocer los colores.
Le envío a Oscar Briceño, desde mi móvil, la secuencia fotográfica que le hice durante la conversación que sostuvimos. Le pregunto cómo vería la fotografía. «Existe una aplicación en el teléfono que describe el contenido de las imágenes, pero no la uso. Intento llevar una vida pausada. Soy básico con la tecnología. Uso únicamente necesario porque no compito con nadie. Ya soy viejo. Mientras viva con mi hija, ella, encantada, lo hace por mí», explica.
Le sugiero a Oscar escuchar en audiolibro Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Es cruel, le advierto, pero es una grandiosa metáfora de la ceguera de la humanidad.
Le comento poco del contenido de la novela, pero pienso en el momento en que la mujer del médico, que sí ve, pero simula ser ciega también, se coloca detrás del ciego que viola a una mujer invidente. Espera la antesala del orgasmo del hombre y le clava unas tijeras en el cuello. En justicia.
El hombre es el jefe de una banda de ciegos violadores en el manicomio donde los recluyen. La sangre salpica el cuerpo de la ciega. Sangre.
En las tres primeras fotografías de la secuencia, Oscar habla y gesticula. En la última imagen, se desmorona de risa.
En ese momento narra que, en una ocasión, estudiaba encuadernación. Tenía la mano sobre la plataforma de la guillotina. Por accidente, la cuchilla del instrumento cayó y mutiló parte de dos dedos de su mano.
Sangró. Sangró.
No sentía el dolor a profundidad. Cuando el médico lo atendía, le preguntó:
—¿Podré volver a teclear sobre la máquina de escribir?
El médico sonrió con cierto sarcasmo:
—Tóquese los dedos. Usted mismo encontrará la respuesta.
Así lo hizo. Únicamente quedaron sobre la tabla de la guillotina las primeras falanges de los dedos que quedaron casi enteros.
Y carcajeó, como lo hace en la secuencia fotográfica.