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La carretera Transandina. Fotos Miguel Zambrano

“La carretera significa también una cicatriz”

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¿Qué se esconde detrás de una carretera centenaria? Miguel Zambrano (Maracay, 1999), fotógrafo documental y joven Explorador de National Geographic, recorrió en solitario durante dos meses la carretera Transandina, transformando cada paso en memoria viva. Su proyecto Las vértebras de la carretera Transandina no solo documenta paisajes y pueblos, también historias silenciadas, resiliencia y cicatrices colectivas.

Conocí a Miguel en 2020 durante una entrevista en Diafragma 5.6 Radio, que conducía y producía en Radio Caracas Radio, cuando hablamos por primera vez de su proyecto Rutas. Hoy su trabajo se materializa en un fanzine que funciona como archivo cultural y activador de memoria, invitando al lector a recorrer los Andes, descubrir sus comunidades y sentir que cada vértebra de esta carretera sostiene al siguiente pueblo.

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¿Cómo nace para ti el proyecto de la carretera Transandina?

Este proyecto se fue construyendo durante mi exploración en los Andes, moviéndome con curiosidad por cómo se conectaban los pueblos, los traslados y sus implicaciones. Nace de la pregunta que surgió al ser nominado joven explorador de National Geographic: cómo interactúo con mi territorio. Esa reflexión me permitió entender mi relación con el entorno y la fotografía, y qué podía aportar más allá de hacer fotos. Siempre me interesaron expediciones e investigaciones, y la carretera reunió todo eso, además de mi historia familiar migratoria. En 2022, al mudarme a Caracas, la pregunta sobre cómo se perciben los Andes en el imaginario colectivo tomó aún más relevancia.

Después de la caminata, ¿cómo responderías hoy a esa pregunta?

Siento que, colectivamente, la imagen más extendida de los Andes es la de un territorio amable, asociado a su clima y carácter tranquilo, aunque esa amabilidad también lleva duelo y pasividad heredada de años difíciles, con resiliencia transformada en trato hacia el otro. Los Andes tuvieron un papel político importante, con migraciones hacia Caracas y revoluciones restauradoras, lo que deja una carga militar y política que convive con su amabilidad. Es un territorio de clima duro, montañas que encierran, donde el sol no dura mucho y los tabúes se afianzan; Mérida concentra mucho dolor, incluyendo la tasa más alta de suicidios en Venezuela, y la Transandina funciona como hilo conductor para armar y desarrollar todas estas historias, desde la cicatriz emocional hasta la idea de vertebración del territorio.

¿Qué papel tuvieron tu historia familiar y la documentación histórica en el origen del proyecto?

Cuando investigo la carretera también indago las historias de mi familia —de dónde viene, cómo llegó a los Andes, qué tierras tuvo y qué pasó con ellas— y descubro que parte fueron expropiadas en la época de Juan Vicente Gómez, obligando a parte de mi familia a migrar y reconstruir lugar y espacio. En 2021 encuentro la Guía general de Venezuela de Fernando Benet, con fotografías de la vía y un mapa que uso para ir a los lugares donde él fotografió, buscando comparar pasado y presente. Más que un contraste temporal, me interesaba entender cuánto se había avanzado en una región donde se dice que el tiempo no pasa, y en paralelo revisé archivos históricos oficiales sobre la obra.

«La Transandina sostiene y conecta una red de aportes, historias y comportamientos que cambian al pasar del Táchira a Mérida y luego a Trujillo».

Miguel Zambrano

¿En qué momento decides que la caminata será la metodología central del proyecto?

Yo ya había hecho proyectos en los Andes sobre rutas y chimó, hablando de identidad, y quería seguir explorando quién era yo en ese espacio y qué podía aportar. En 2025 la carretera cumplía 100 años y sentí que debía vivir el centenario desde adentro. Descubro el proyecto Out of Eden Walk de Paul Salopek y entiendo la caminata como metodología de investigación y periodismo lento, que permite detenerse y hablar con la gente. Conocía el territorio y los riesgos, así que trasladé esa metodología a la Transandina, sumando una dimensión de “performance digital” para atraer público más allá de la fotografía. Salgo de San Cristóbal el 3 de diciembre de 2024 y termino el 3 de febrero de 2025, tras años de preparación, logística y exploración previa.

¿Qué te encontraste realmente en el camino al investigar la historia de la carretera?

Hay tres ideas muy repetidas sobre la carretera —que representa el mito del progreso, que fue construida por presos y que fue la primera conexión vial con Colombia— y en el camino confirmo esas nociones, pero también las complejizo, pues la carretera se construye con la intención de que Gómez pueda terminar con el caudillismo en la región andina y ejercer un control militar más efectivo, facilitando el desplazamiento de tropas para evitar levantamientos. La obra no solo fue levantada por presos sino también por niños, mujeres, ancianos y familias enteras forzadas a trabajar en condiciones deplorables; personas murieron, hubo violaciones y desapariciones, y muchas memorias dolorosas no están registradas en los archivos oficiales, por lo que para mí la carretera significa también una cicatriz que solo vive en los relatos de quienes aún recuerdan esos tratos.

¿Cómo llega el título Las vértebras de la carretera Transandina y qué significa para ti?

Es un título muy corporal que parte de pensar la carretera como una columna vertebral que sostiene y conecta un cuerpo; de lejos puede verse como una línea recta, pero en realidad es profundamente físico, donde cada vértebra depende de la otra y cada pueblo sostiene al siguiente, aportando algo al conjunto. El proyecto tiene su alma en la labor física de caminar, estar en el sitio, cansarse y vivir allí, lo que me permitió integrarme mejor al terreno que ya conocía y hacer de la caminata un acto de homenaje a quienes murieron o sufrieron construyendo ese camino. La Transandina sostiene y conecta una red de aportes, historias y comportamientos que cambian al pasar del Táchira a Mérida y luego a Trujillo.

¿Por qué elegiste el formato fanzine para este proyecto, y no directamente un libro, un fotolibro o una exposición?

El fanzine es una elección de materialización inicial: aunque el proyecto está pensado para ser un libro, funciona como un primer objeto físico que permite mostrar el trabajo a editoriales y otros espacios con algo tangible. Condensa una idea que luego se trasladará al libro: un primer archivo y acercamiento a la memoria de la carretera, de las personas y de los Andes, reuniendo archivos históricos y las imágenes de la caminata en unas 28 páginas cortas pero precisas. Me interesa que, junto con el futuro libro, el fanzine sirva como punto de referencia investigativo para procesos más amplios en los Andes.

¿Cómo fue el trabajo de equipo para darle forma al fanzine en términos de texto, diseño y maquetación?

Antes de la caminata se integran Miguel Ferrer y Paola Acete; Paola, gestora cultural en España, ayudó a direccionar el proyecto, buscar espacios y construir su “currículo”, mientras Miguel, andino del Táchira, contribuyó con crónicas e investigación narrativa del fanzine y el proyecto. Luego se suma Valentina Montes, diseñadora gráfica, quien creó la portada con mapas cartográficos y líneas de relieve y la contraportada con el mapa de Benet. Entre ambas portadas se despliega el contenido: archivos históricos, mis fotografías y dos imágenes centrales a doble página, incluyendo “Los hombres de papa”, desde donde se desarrolla la narrativa del imaginario colectivo sobre los habitantes de los Andes.

¿Qué relación buscas establecer con el lector y el espectador a través del fanzine?

Quiero invitar a recordar la memoria: el fanzine es un primer archivo, un acercamiento a la memoria de la carretera, de las personas y de los Andes, funcionando como referencia para futuras investigaciones y herramienta para activar la memoria colectiva, de modo que las personas puedan interpretar y reescribir cómo documentan el territorio. En un siguiente momento, busco acercarme a escuelas y comunidades para dar talleres de fotografía y escritura, permitiendo que niños, adolescentes y adultos documenten su cotidianidad, rompan con el imaginario externo de los Andes y cuenten sus propias historias.

Muchas personas sueñan con hacer caminos icónicos como el de Santiago. A partir de tu experiencia, ¿invitarías a otros a recorrer la Transandina a pie?

Siento que en Venezuela no existe todavía un camino equivalente al de Santiago en España, una ruta larga con carga histórica, emocional y espiritual, aunque hay pequeños trekking en Ávila, Mérida o San Cristóbal; yo vi la oportunidad de que la Transandina sea ese punto de partida y, sin duda, invitaría a cualquiera a lanzarse a hacerla sin miedo ni prejuicios, porque es una zona climáticamente cómoda para caminar entre diciembre y febrero —en mi caso solo me cayó una llovizna— y hay días largos de 40 o 45 km y otros más cortos donde siempre encontré lugares que me recibían; para quien quiera descubrir el país desde la raíz, este camino es perfecto, y además es una ruta relativamente segura para caminarla.

¿El fanzine es para ti una obra de arte, un archivo cultural o una herramienta de activación de memoria?

Lo considero un archivo cultural, un archivo de memoria cultural. Es un primer archivo sobre la carretera y sobre los Andes dentro de un proyecto que está llamado a evolucionar en un libro.​ Ese libro, cuando se concrete, debería ofrecer un punto de referencia investigativo más robusto para procesos mayores en la región. Pero el fanzine ya funciona como un dispositivo que activa memoria, que entrega una primera síntesis de lo encontrado y que invita a seguir investigando.​

Si tuvieras que describir el proyecto con tres palabras que no estén en el título, ¿Cuáles serían?

Diría exploratorio, resiliente y “paramiando”. “Paramiando” viene de las labores físicas que se hacen en el páramo: caminar, trabajar, aguantar el clima y seguir.​ Creo que esas tres palabras condensan bastante lo que se vivió en el proyecto.​

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