El espacio aéreo es un animal que nadie ha visto
pero todos sentimos rozarnos la garganta.
Allí empieza:
en la línea tenue
donde la respiración se adelgaza
y el pensamiento abre un ojo.
Allí se mueve.
Una criatura leve,
hecha de lo que sube sin decirse:
la palabra que tembló,
el recuerdo que busca cuerpo,
el deseo que apenas se atreve a latir.
Allí espera.
En ese borde sin altura,
en esa hendidura entre el pulso y la luz,
el animal olfatea lo que somos
antes de que lo sepamos.
A veces se estira como un hilo húmedo
y asciende,
llevándose algo nuestro
que no sabíamos haber soltado.
A veces desciende
como un párpado cansado
y deja sobre la piel
una huella que duele
sin certeza.
Lo que el mundo piensa,
lo que el mundo calla,
se mezcla en su lomo.
No hay multitud en esta mezcla:
solo partículas,
como polen que decide su dirección
sin que nadie lo ordene.
Y si el aire se oscurece,
es porque el animal ha tragado
demasiado de lo que no quisimos mirar.
Y si el aire se aclara,
es porque una única idea leve
—una chispa apenas—
le rozó el costado
y lo hizo volver a respirar.
Por eso dejo estas líneas
no como palabras,
sino como migas de luz:
pequeñas,
algo torpes,
pero capaces de ser guía
si el animal quiere seguirlas.
El espacio aéreo escucha.
No tiene voz,
pero deja un brillo en quien lo nombra.
Y a veces,
muy despacio,
muy dentro,
responde.