«Desde que me enamoré de ti, todo se transforma y se llena de belleza. Quiero regalarte los colores más bonitos, quiero besarte…». Así le escribió Frida Kahlo a Josep Bartolí el 20 de octubre de 1946. La frase, reproducida en la contraportada de Frida Kahlo, cartas de amor, parece contener una declaración de principios: enamorarse es descubrir que el mundo puede adquirir otros matices, que la existencia de alguien modifica nuestra manera de mirar y que el deseo encuentra en las palabras una forma de permanecer. Frida, que hizo de la pintura un lenguaje inconfundible, también supo convertir la escritura en un espacio donde exponer sus sentimientos sin disimular su intensidad. Al leerla, tengo la impresión de asistir a una conversación que el tiempo no ha conseguido interrumpir.
Este libro es mucho más que una selección de correspondencia amorosa. Su riqueza reside también en la manera de presentarla: las reproducciones facsimilares nos permiten aproximarnos a la escritura de Frida; los sobres conservan la huella material de aquellas comunicaciones y las fotografías y obras de la artista amplían el relato visual de su vida. No solo leemos lo que escribió: contemplamos los rastros de una intimidad que alguna vez tuvo destinatarios concretos, direcciones y un recorrido hasta otras manos. El objeto editorial adquiere así un valor especial. Cada elemento contribuye a acortar la distancia entre nosotros y aquella mujer que escribió hace décadas, y convierte la lectura en una experiencia que involucra tanto la mirada como la imaginación. Hay algo conmovedor en observar un sobre y pensar que alguien lo sostuvo, lo abrió y encontró dentro unas palabras destinadas exclusivamente a él.
Las cartas a Alejandro Gómez Arias, su primera pasión; a Diego Rivera, compañero de una relación absorbente y compleja; a Nickolas Muray, Georgia O’Keeffe y Josep Bartolí, entre otros, dibujan una geografía afectiva que no responde a un único modo de amar. Frida fue una mujer apasionada, y esa pasión se manifiesta en la diversidad de sus vínculos, en la intensidad de sus declaraciones y en su necesidad de expresar aquello que la atravesaba. Me detengo especialmente en una fotografía de Diego Rivera sobre la que aparecen estampados varios besos. No necesito conocer todas las circunstancias de ese gesto para disfrutar de su elocuencia: esos labios impresos sobre el retrato parecen desafiar la distancia entre la persona y su imagen. Hay en ellos algo juguetón, posesivo y tierno; una manera de hacer presente al ausente, de dejar una señal donde las manos no pueden llegar. La fotografía deja de ser un simple recuerdo y se convierte en testigo de un afecto.
Como escritora, me resulta imposible acercarme a estas cartas sin pensar en las mías. No he escrito a todas las personas que han pasado por mi vida, pero sí a aquellas que han ocupado un lugar especialmente importante en ella. A mi familia y, de una manera particular, a los hombres que he amado. En esas páginas he procurado decir lo que siento, compartir mis pensamientos y revelar esa intimidad que a veces la conversación cotidiana no alcanza a contener. Escribir una carta de amor exige cierta audacia: una decide exponerse, entregar al otro una parte de sí misma y aceptar que, una vez leídas, las palabras ya no le pertenecen por completo. Sin embargo, pocas cosas me parecen tan hermosas como expresar el amor sin reservarse lo esencial. Y cuando ese sentimiento encuentra correspondencia, cuando el otro responde desde su propia intimidad, se produce algo extraordinario: las palabras dejan de ser una confesión individual y se convierten en memoria compartida.
Al cerrar el libro, pienso también en su capacidad para preservar algo que de otro modo podría perderse. La escritura convive con los objetos que la hicieron posible y nos recuerda que la intimidad también deja documentos. Quizá esa sea una de las mayores virtudes de esta obra: permitirnos descubrir a Frida más allá del rostro convertido en icono, acercándonos a la mujer que deseaba, escribía, se entregaba y buscaba maneras de hacer llegar sus sentimientos a los demás. Yo sigo creyendo en el valor de escribirle a quien amamos, de decirle cuánto significa para nosotros y de no dar por sentado que ya lo sabe. Porque el amor también necesita palabras, y cuando es recíproco, estas encuentran un lugar donde quedarse. De cartas de amor está hecha la historia; de las que escribimos, de las que recibimos y de aquellas que, muchos años después, todavía consiguen hacernos sentir que alguien amó con toda el alma.