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"Cartografías del vínculo" en Hacienda La Trinidad Parque Cultural. Foto Cortesía

Lubeshka Suárez:
«El migrante nace de nuevo»

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Lubeshka Suárez explora memoria, afectos y desplazamiento en una poética que une lo íntimo con lo universal.

Desde el pasado 29 de noviembre se exhibe en la Hacienda La Trinidad Parque Cultural la exposición En Cartografías del vínculo, de la artista plástica Lubeshka Suárez. En ella, el territorio se transforma en un espacio sensible, hecho de memorias y afectos que persisten a pesar del desplazamiento. Bajo la curaduría de la crítica de arte Lorena González Inneco, la artista reúne cinco años de trabajo interdisciplinario, donde confluyen pintura, fotografía, instalación, videoarte y gráfica. Su propuesta no busca explicar la migración ni reducirla a cifras: construye una atmósfera íntima que se vuelve universal, donde lo cotidiano, un cielo, un contorno, un rostro pixelado, se convierte en metáfora del tránsito y la pertenencia.

La exposición apuesta por la delicadeza antes que la estridencia. Cada obra sugiere más de lo que afirma: pequeños formatos que evocan fragilidad, cartografías intervenidas que revelan la vulnerabilidad del territorio, retratos pixelados que hablan de vínculos que insisten en permanecer. En este mapa emocional, la luz acompaña, no ilustra; las fronteras se desdibujan y los límites se reducen a sombras, recordándonos que el hogar puede ser una memoria, un gesto, una mirada sostenida a través de una pantalla.

En conjunto, la muestra articula una poética del afecto en movimiento. Cada pieza funciona como una coordenada dentro de un mapa que no aparece en los atlas tradicionales; un mapa interior, fragmentado pero persistente. Cartografías del vínculo invita a detenerse y reconocer aquello que permanece incluso en medio del cambio: la fuerza del vínculo humano frente a la distancia. Allí donde el territorio se vuelve inestable, la obra de Suárez propone un espacio común, un recordatorio de que, aun lejos, siempre hay algo que nos une.

A continuación, una conversación que sostuve con Lubeshka Suárez a propósito de su muestra En Cartografías del vínculo:

Pregunta. ¿Crees que el arte puede reconstruir vínculos afectivos perdidos por la migración? ¿Cómo lo intentas en tu propuesta visual?

Respuesta. Sí, totalmente. El arte, si bien no puede reconstruir un vínculo físico, posee el potencial de restaurar y fortalecer el lazo emocional y simbólico que ha sido fragmentado o puesto en pausa por la distancia geográfica. Mi obra se convierte en un espacio de evocación compartida que trasciende lo personal. En este contexto, la instalación no pertenece únicamente a quien la realiza, sino también a los participantes y, de manera más amplia, a toda una nación. Lo que yo denomino la cartografía de mis afectos es, en realidad, una cartografía que resuena con un país entero. Cada venezolano lleva consigo la presencia de un ser querido que ha migrado, creando un sentimiento compartido entre quienes se van y quienes se quedan. Mi trabajo valida y visibiliza esta experiencia colectiva. En mi caso particular, he mantenido un contacto constante con estas personas desde el año 2020. A través de este proceso de compartir vivencias y mantenernos presentes, no solo fortalecemos los lazos existentes, sino que también reafirmamos que el afecto se mantiene inalterable a pesar de la separación geográfica. El arte, al representar esta persistencia, consolida el vínculo emocional.

P. ¿Por qué decidiste trabajar sobre la memoria y los afectos que se resisten a desaparecer? ¿Qué significado personal tiene para ti este tema?

R. La memoria y el recuerdo han sido el eje central de mi investigación artística desde hace años. Mi interés radica en comprender los procesos de evocación en otras personas y establecer un vínculo con mi propia experiencia. Para mí, la memoria, el contenedor de experiencias, y el recuerdo, la acción de recuperar esa información, se manifiestan visualmente: las imágenes surgen inicialmente borrosas y, poco a poco, se van develando. Este fenómeno visual se convierte en un recurso clave en una de mis instalaciones, De los nuevos retratos, presencias ausentes, donde se utiliza por varias razones fundamentales que conectan la distancia física, la tecnología y la identidad.

En primer lugar, el trabajo evoca el medio de contacto con nuestros seres queridos que residen en el extranjero. Utilizamos recursos tecnológicos y medios de conexión que, cuando son inestables, presentan las imágenes de nuestros afectos de manera pixelada o borrosa. Esta imagen, a mi juicio, es poderosa, ya que remite directamente a la distancia de los cuerpos. Pese a poder vernos y conversar, el no poder tocarnos establece una barrera palpable. La imagen borrosa, que se resiste a desaparecer y luego se aclara, actúa como una analogía de la persistencia de la memoria misma.

En segundo lugar, la fotografía o el video que aparece velado me remite a la identidad del migrante. Es una identidad que debe visibilizarse en el nuevo entorno. El migrante nace de nuevo, comenzando a establecer nuevos vínculos, proyectos, un nuevo hogar y empleo. Es verdaderamente admirable cómo estas personas logran visibilizarse y reconstruir su vida desde cero.

P. En la exposición confluyen pintura, fotografía, instalación, videoarte y gráfica. ¿Cómo dialogan estas disciplinas entre sí para construir ese mapa emocional?

R. Hay un diálogo entre todas estas disciplinas, seleccionadas específicamente por cada instalación, que me remite a sentimientos y momentos de las vivencias compartidas con mis afectos. El proyecto se inicia durante la pandemia a partir de la fotografía. Con mi cámara documentaba, día a día, el pequeño fragmento de paisaje que se veía a través de mi ventana, un acto que me proporcionaba una sensación de libertad en medio del encierro. Observando la recurrencia con la que mis vecinos se asomaban a sus balcones para mirar su paisaje o el cielo, decidí extender este gesto. Fue entonces cuando contacté a mis afectos, familiares, cercanos y quienes han sido parte de mi historia, y les pedí que me enviaran una fotografía de lo que ellos veían desde sus respectivos lugares de confinamiento.

Este proceso dio lugar a la creación de un vasto archivo documental organizado por país, ciudad y fechas de emigración. Acompañé la recolección visual con una encuesta para obtener datos específicos, como tiempo de confinamiento, fecha de inicio en su ciudad, entre otros.

Conecté mi paisaje de Caracas con el de ellos al fotografiar un fragmento de sus propias imágenes, interviniéndolas con mi estética desfragmentada, alusiva a los procesos del recuerdo y la memoria. El proyecto se sigue tejiendo con el arte sonoro. Los sonidos ambientales que me grabaron desde cada país fueron hilvanados en un largo recorrido auditivo, creando una experiencia inmersiva. Simultáneamente, los cielos que ellos fotografiaron se convirtieron en el punto de partida para la instalación Todos los cielos, el cielo (impronta pictórica), 2025.

Dibujé y pinté sobre lienzo y papel basándome en sus imágenes. Los cielos de Caracas, capturados por mí, los transfiero al papel mediante la técnica de la transferencia, generando una estética pictórica que dialoga con las pinturas anteriores. Los videos, en algunos casos, son eventos importantes de sus vivencias que ellos han compartido conmigo, y en otros son evocaciones directas de la migración, donde el elemento del agua, mares y ríos ha sido constante y simbólico en esos trayectos. Por último, los gofrados remiten a las cicatrices y hendiduras grabadas en el alma. Sobre el papel coloco palabras o números relevantes, posibles estadísticas, nombres de lugares o de embarcaciones, que han estado presentes en las historias de estas travesías migratorias.

P. ¿Por qué eliges formatos pequeños en tu obra plástica? ¿Qué buscas transmitir con esa escala?

R. Los formatos pequeños se relacionan con la multitud, con la cantidad de venezolanos que abundan en todas partes del mundo, y con los amigos y familiares que me apoyan en el proyecto. Es la manera de poder incluirlos a todos y armar estas instalaciones a partir de fragmentaciones que me permiten, por ejemplo, dibujar una cartografía de retratos o paisajes, o representar un gran cielo conformado por muchos cielos.

P. ¿Cómo describirías tu formación artística y cuáles han sido las influencias más decisivas en tu obra? Además, ¿cómo fueron tus primeros pasos en el arte visual y qué te motivó a adoptar un enfoque interdisciplinario?

R. Desde temprana edad me relacioné con el arte debido a mi familia. Mi papá era artista plástico y crecí en un taller de artista. Desde niña realicé talleres de pintura en la Cristóbal Rojas, pero el camino me llevó a formarme inicialmente como diseñadora gráfica. Allí tuve mi primer encuentro con la fotografía. He realizado talleres en torno a la fotografía teórica y práctica en el CIEF, así como seminarios y talleres en torno al arte, como el taller Huella con la maestra Corina Briceño, artista a quien admiro y que ha sido de gran influencia para mí. También me formé en las prácticas de artes gráficas con la maestra Norma Morales en el TAGA, en pintura con mi padre, Luis Alfredo Suárez, y he asistido a seminarios de arte y al Diplomado de Arte Contemporáneo de la Universidad Metropolitana, donde tuve grandes profesores, entre ellos Lorena González Inneco, quien es la curadora de la muestra Cartografías del vínculo.

Ella ha sido una mentora fundamental, ayudándome a transformar mi enfoque y pensamiento crítico al momento de abordar la investigación y el desarrollo de mis nuevas propuestas artísticas. Mis primeros pasos en la creación se centraron en la fotografía analógica y experimental. Con el tiempo, mi práctica evolucionó, llevándome a adoptar e integrar nuevas disciplinas que considero más alineadas con el lenguaje y la narrativa que busco transmitir en cada tema que abordo.

P. ¿Cómo dialoga tu obra con la idea de pertenencia en un mundo marcado por la movilidad y la fragmentación?

R. La obra dialoga con la idea de pertenencia en un mundo fragmentado y móvil al desafiar la noción tradicional de pertenencia ligada a un territorio fijo y al recuerdo del hogar. La pertenencia se integra y se transforma en formas múltiples, pero a la vez incompletas, explorando cómo se redefine, se fragmenta y se reconstruye esta identidad en constante movimiento que ha forzado a muchos a desplazarse. Es la persistencia de la memoria y la cultura lo que rompe las fronteras físicas. Es decir, la pertenencia en este discurso no es solo de orden geográfico, sino también relacional. Esta exploración va más allá de los afectos cercanos: es un tema que toca la esencia y el corazón de un país entero, reflejando una pertenencia de carácter colectivo a pesar de las situaciones y la distancia.

P. Si tuvieras que definir tu obra plástica en pocas palabras, ¿cuáles serían y por qué?

R. Mi obra es de carácter interdisciplinario, enmarcada en el contexto contemporáneo venezolano, ya que aborda temas que vivimos actualmente, con la búsqueda de información y de visibilizar aún más asuntos sensibles como la migración y la pandemia, entre otros. Todo ello desde un enfoque poético, que no deja de ser duro y real. La imagen desfragmentada se va develando, alusiva al tema de la memoria y la identidad, mostrando de cierta manera las cicatrices que quedan metafóricamente en cada uno de nosotros. Estas actúan como puentes que rompen fronteras físicas y tocan nuestros corazones desde las propias experiencias personales y las de un país entero que vive a diario el tema de la separación.

“En estas cartografías, el territorio no es un lugar, sino la persistencia del vínculo: esa geografía íntima que, aun fragmentada, sigue siendo hogar”.

Lorena González Inneco

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