Entré a la sala Luis Peraza con cierta curiosidad, sin saber exactamente qué esperar. Desde los primeros segundos de Conexión Europa, sentí que estaba entrando en la mente de alguien más, un mundo donde la ambición tiene voz propia y cada pensamiento parece palpitar en el aire. La obra de Alexandra Badea no te permite mirar desde afuera: te coloca dentro, en la conciencia de un lobista del sector agroalimentario, mientras su vida y sus decisiones se despliegan como un caleidoscopio de justificantes, post-it y visiones que giran y giran hasta hipnotizarte.
En escena, Erick Palacios, José Manuel Suárez y Larisa González dan vida a múltiples voces, pasando del cinismo más frío a la fragilidad más humana, y cada tic, cada pausa, cada cambio de registro me hacía sentir que podía leer sus miedos y su culpa. Hay momentos en que casi puedes oír el corazón del personaje, y otros en los que el humor negro te golpea con una verdad incómoda: la vida del poder es tan intensa como desgarradora.

Lo que más me impresionó fue cómo la obra convierte lo abstracto en tangible. Esa mezcla de corrupción, propaganda y crisis personal no se queda en las palabras; se siente en la piel. Los pequeños detalles; un post-it, un correo, una sobremesa, me hicieron pensar en cómo decisiones mínimas pueden definir vidas enteras. Salir del teatro fue extraño: llevaba conmigo la sensación de haber caminado junto a alguien que miente, que cede y que, al final, muestra su humanidad. Conexión Europa dentro del Festival de Artes Escénicas Franco-Venezolano, es más que asistir a una obra: es ser testigo de un diálogo entre culturas, de la sensibilidad venezolana interpretando un texto europeo contemporáneo, y de un teatro que no busca respuestas fáciles, sino que nos obliga a pensar.
Bravo 👏👏😁
Les felicito… 👏👏😁
Muy buen trabajo 👌
Interesante
Interesante…👏👏😁