Hay fotógrafos que persiguen la imagen; otros, en cambio, aprenden a esperarla. En el caso de Gil Montaño, la espera no es pasividad: es una forma de estar en el mundo, usando la cámara como extensión de la conciencia. Su trayectoria —desde los laboratorios químicos de la Maracay de finales de los noventa hasta las coberturas internacionales de prensa— puede leerse como un ensayo continuo sobre el oficio: un despliegue del documento frente a la memoria.
El laboratorio como ética
Quien se formó revelando película en tanque, midiendo temperaturas y vigilando que la emulsión no se velara, difícilmente concibe la fotografía como un acto ligero. Montaño comenzó su aprendizaje en la Escuela Regional de Fotografía y transitó también por la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios. Esa doble formación no fue simplemente académica; fue una confrontación entre el orden técnico y la inquietud expresiva que caracterizaba a la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios a principios de los años noventa.
El cuarto oscuro no solo enseña procesos químicos: enseña paciencia. Allí se aprende, con rigor, que cada error tiene consecuencias materiales. En cualquier laboratorio es indispensable ser metódico: dos grados de diferencia en un químico —cualquier revelador, por ejemplo— pueden dañar o alterar la calidad de una copia, incluso arruinar un negativo. Allí se forja una ética de precisión que, más tarde, en el vértigo digital, actúa como ancla.
Cuando Montaño decide profundizar su mirada en Caracas, lo hace junto a figuras que ampliaron el horizonte conceptual de la fotografía venezolana, como Roberto Mata y Nelson Garrido. Con ellos no solo adquiere herramientas técnicas; asimila una noción más compleja de la imagen: la fotografía como discurso, como toma de posición frente a la realidad.
La prensa como escuela de carácter
Sus comienzos se dieron en la prensa regional de Maracay (estado Aragua). En los periódicos locales, el fotógrafo no elegía su fuente: dependía de la disponibilidad. Política en la mañana, sucesos al mediodía, cultura por la tarde. La escasez de recursos —rollos contados, papel racionado— obligaba a pensar cada disparo. No había margen para el error: cada disparo costaba.
Esa experiencia no fue menor. En la prensa diaria se aprende a decidir con rapidez, a leer la escena en segundos, a asumir que la fotografía no es solo estética: es, ante todo, información. Montaño entendió pronto que la imagen periodística no puede limitarse a lo espectacular; debe ser clara y contextualizada, de modo que dialogue con el relato periodístico sin necesidad de intermediaciones.
El salto a Caracas y su ingreso en El Universal consolidaron ese aprendizaje en una estructura más sofisticada. Allí, la rutina editorial tenía una precisión inexistente en la prensa local: pautas organizadas, equipos asignados, tiempos estrictos. El fotógrafo debía responder con eficacia. Además, la abundancia de materiales facilitaba enormemente la labor diaria.
Más adelante, su paso por Últimas Noticias y su colaboración con Reuters ampliaron el alcance de su trabajo. En una agencia internacional, la fotografía adquiere una dimensión global. El encuadre no solo habla a una ciudad o a un país, sino a lectores de múltiples culturas. La responsabilidad aumenta: cada imagen puede convertirse en la representación oficial de un acontecimiento.
Amuay: el instante que divide la vida
Todo fotógrafo de prensa tiene una cobertura que lo marca. En la trayectoria de Montaño, la explosión de la refinería de Amuay ocupa ese lugar. No fue solo un evento noticioso; fue una experiencia límite.
Fue de los primeros en llegar, de madrugada, tras atravesar el centro del país en medio de la incertidumbre logística, para encontrarse con el humo, el fuego y la desolación. Pero más allá del impacto inicial, lo decisivo fue permanecer en el lugar más allá del tiempo habitual, pues era el único reportero gráfico en el sitio. Durante días, Montaño no se limitó a registrar la espectacularidad del desastre: buscó los rostros y retrató los desolados silencios posteriores a la explosión.
En esa cobertura se revela una concepción madura del fotoperiodismo: no basta con la imagen impactante; es necesario construir relato. El fotógrafo deja de ser cazador de instantes y se convierte en testigo prolongado. El documento se transforma en memoria.
La experiencia de Amuay marca, según sus propias palabras, un antes y un después. No porque la técnica cambiara, sino porque la conciencia del oficio se profundizó. Fotografiar el dolor ajeno obliga a preguntarse por los límites éticos: ¿qué mostrar?, ¿cómo mostrarlo?, ¿para quién?
Entre el espectáculo y el documento
La carrera de Montaño no se restringe a la tragedia o la política. También ha cubierto grandes conciertos y eventos masivos. Allí, el fotógrafo se mueve entre luces artificiales, energía colectiva y exigencias técnicas particulares. El escenario se convierte en un laboratorio de velocidad y precisión.
Sin embargo, incluso en ese contexto, su aproximación mantiene una coherencia documental. La cámara no busca únicamente la pose heroica del artista; intenta captar la atmósfera, la interacción con el público, la textura del evento. En el espectáculo también hay relato.
La mirada que se adapta
En los últimos años, Montaño ha incorporado con naturalidad la fotografía móvil a su práctica cotidiana. No se trata de renunciar a la cámara profesional, sino de aceptar que la herramienta no define la profundidad de la mirada. El teléfono, por su discreción y disponibilidad, permite registrar lo inmediato sin alterar el entorno.
Esta adaptación no es concesión, sino evolución. Quien aprendió a medir la luz con fotómetro manual entiende que la técnica es un medio, no un fin. La pregunta central sigue siendo la misma: ¿qué significa mirar?
Enseñar para comprender
Su reciente incursión en la docencia confirma una convicción: el conocimiento fotográfico no se agota en la práctica individual. Enseñar obliga a sistematizar lo aprendido, a convertir la experiencia en método. Montaño insiste en la preparación rigurosa y en la importancia de aprender al lado de quienes ya han transitado el camino.
En un tiempo en que la fotografía se produce y circula con la velocidad de un clic, su trayectoria propone una pausa reflexiva. La imagen no es mero contenido; es testimonio. No es acumulación de likes; es construcción de sentido.
La permanencia
En la obra y el recorrido de Gil Montaño se percibe una tensión constante entre urgencia y profundidad. La prensa exige rapidez; la memoria exige densidad. Él ha intentado, a lo largo de más de dos décadas, reconciliar ambas dimensiones.
Quizá ahí radique la singularidad de su trayectoria: en entender que el fotógrafo no solo captura el instante, sino que lo transforma en historia. Entre la desolación de una gigantesca explosión, la euforia de un concierto o la rutina de una redacción, la cámara de Montaño ha buscado algo más que la imagen correcta: ha buscado la imagen necesaria.
Y en esa búsqueda, paciente y rigurosa, se cifra el verdadero sentido de su oficio.
