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Oscuro y Eros

En Oscuro, Fernando Rodríguez no dramatiza la muerte: la formula. La reduce a su mínima expresión verbal:

Y luego de repente
(siempre de repente) no más.

Aquí o allá
(no hay lugar)

no más

no más.

No hay épica. No hay transición. Solo interrupción. El verso se contrae hasta quedarse sin aire. Esa sequedad organiza el libro entero. La finitud no se explica; se enuncia.

Fernando Rodríguez, nacido en Caracas en 1942, formado en la disciplina filosófica, no abandona aquí el pensamiento. Lo destila. Si la filosofía exigía sistema y desarrollo, la poesía le permite fragmento y corte. La pregunta permanece intacta: ¿Qué significa existir sabiendo que todo cesa? La respuesta no llega en forma de teoría, sino de ritmo.

Oscuro, la primera parte, trabaja esa conciencia sin sentimentalismo. El tiempo no es memoria elegíaca, sino constatación. El pasado se borra. El presente se deshace mientras ocurre. El futuro no promete nada. El poema no busca consuelo ni metáforas redentoras. Asume la desnudez de lo irreversible.

Pero el libro no se detiene en esa clausura. Frente al “no más”, emerge otra energía: Eros.

No como celebración ingenua del cuerpo, sino como insistencia vital. El deseo aparece como resistencia consciente ante la finitud. No es un desvío tardío; es una respuesta deliberada. El propio tono de los poemas revela que no se trata de lirismo complaciente. El erotismo se construye desde la espera y la distancia:

Tu cuerpo desnudo que yo miro y no toco tal es nuestro juego ocasional.

Yo dilato y dilato cualquier contacto acumulo el deseo.

El centro no es el contacto, sino su aplazamiento. El deseo se administra. Se acumula. Se intensifica en la demora. La escena erótica se convierte en estrategia contra el tiempo: si todo termina de repente, la experiencia se extiende mientras sea posible.

Hay momentos en que el poema se aproxima a zonas ásperas, donde el lenguaje del deseo se vuelve frontal y expone relaciones de tensión y vulnerabilidad. No hay aquí idealización romántica. Tampoco hay provocación gratuita. Lo que aparece es el deseo como territorio conflictivo, atravesado por poder, fragilidad y contradicción. El riesgo forma parte del gesto.

El giro decisivo ocurre cuando el propio poema desmonta cualquier misticismo:

En realidad
es una mecánica biológica que mantiene la especie.
Pero moldea inevitablemente y solapadamente
la vida entera y sus caminos.

El filósofo reaparece en esta desmitificación. El sexo no es trascendencia ni pecado; es estructura. Biología que organiza destino. Lejos de empobrecerlo, esa reducción lo vuelve más radical. Si es mecánica, es fundamento. Si es fundamento, modela toda existencia.

Así, el libro se sostiene en una tensión precisa: interrupción y persistencia. Oscuridad y deseo no se cancelan; se necesitan. La certeza del final intensifica la experiencia. La experiencia no anula la certeza.

“Yo sólo he sido yo”, escribe Rodríguez. La frase resume una trayectoria que no intenta reinventarse en su etapa final. No hay impostura juvenil ni retirada solemne. Hay coherencia: pensar la muerte y, simultáneamente, afirmar el cuerpo.

Oscuro no ofrece redenciones. Tampoco moraliza. Se mueve en un espacio más incómodo y más honesto: el de quien sabe que todo puede cesar de repente y, aun así, insiste en el deseo.

Entre el “no más” y el cuerpo que espera, la poesía encuentra su lugar.
Precario.
Pero suficiente.

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