La artista venezolana Rossi Aguilar presenta Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria, una muestra que explora la tensión entre trazo, palabra y archivo íntimo. En esta entrevista reflexiona sobre el cuerpo, la temporalidad, la fragmentación y el acto de crear como un gesto de resistencia frente a los relatos dominantes del arte.
La exposición Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria, de la artista venezolana Rossi Aguilar (Maracaibo, 1993), irrumpe en la Sala Oberta de La Nau de la Universitat de València como un territorio donde palabra, cuerpo y huella dialogan desde lo íntimo para cuestionar los modos tradicionales de construcción de sentido. Su propuesta trasciende la superficie pictórica y se configura como un espacio de resistencia simbólica en el que memorias personales y genealogías femeninas se entrelazan con gestos que oscilan entre la espontaneidad y la conciencia formal. Aguilar convoca al espectador a leer, interpretar y reconstruir aquello que emerge entre capas, silencios y fisuras visuales.
En esta muestra, el gesto deviene escritura y la escritura deviene cuerpo, articulando un lenguaje visual que desborda categorías convencionales. Aguilar trabaja desde un archivo sensible compuesto por fragmentos de recuerdos, repeticiones inconscientes y trazos que operan como signos de una memoria en transformación. Cada obra funciona como un palimpsesto donde conviven temporalidades distintas y lo íntimo se proyecta hacia lo colectivo. Desde una perspectiva curatorial, Escrituras fragmentarias propone un ejercicio de lectura expandida: una invitación a pensar el arte como acto de transmisión, cuidado y resistencia frente a los relatos hegemónicos de la historia del arte.
Conversamos con la artista sobre los procesos que articulan su trabajo y las capas conceptuales de esta muestra, surgida de la II Convocatoria de Residir en la Investigación, con el apoyo del Vicerrectorado de Cultura y el proyecto ArthistFEM-2, iniciativa que visibiliza aportes femeninos a la historiografía artística en España. La exposición podrá visitarse del 24 de febrero al 12 de abril.
“La intención siempre es la reconstrucción y la relectura”
Rossi Aguilar
En esta muestra hay una clara tensión entre lo escrito y lo gestual. ¿Cómo dialogan, para ti, la palabra fragmentada y el trazo corporal dentro de este territorio visual que propones?
La relación entre el trazo corporal y la palabra es intrínseca. Con el tiempo, mis gestos han pasado de ser impulsivos, intensos y rápidos, casi un ataque visual, a convertirse en actos igualmente potentes, pero más conscientes. Entre la pausa y la temática de la exposición, esa información o metainformación ha decantado; los gestos han mutado en una suerte de abecedario visual con tintes caligráficos. He tomado conciencia de ellos: se repiten en todas las piezas como ejercicios compositivos de esa caligrafía personal. Pienso inevitablemente en Cy Twombly y en cómo el gesto puede contener múltiples capas de escritura.
El concepto de memoria aparece como una capa insistente en tu obra. ¿De qué manera las historias personales, los archivos invisibles o los recuerdos difusos influyen en la construcción de estas piezas?
Mi obra es acumulativa y transformativa en torno a memorias inconscientes que se sedimentan sobre la superficie. Influencias del hogar y recuerdos tempranos permanecen allí como un abrazo constante, como una reminiscencia que se mezcla con elementos que voy capturando del contexto. Orquesto un hilo conductor desde el deseo de despertar curiosidad o extrañeza en quien observa. Me interesa trabajar desde la metainformación, desde esa red invisible de datos y sensaciones que compartimos y que, aunque intangible, intento sugerir.
En “Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria” la superficie parece operar como un espacio de excavación. ¿Concibes tus obras como palimpsestos donde distintas temporalidades se superponen?
En esta exposición ha ocurrido algo particular: aquello profundamente personal, esos archivos invisibles que protegí casi de forma críptica, se integra ahora en un todo más amplio. Me reconozco en otras mujeres: en mis abuelas, en mis compañeras, en un contexto histórico de silenciamiento que ha atravesado siglos. Surge así un sentido de responsabilidad y una perspectiva más colectiva desde la cual enfocar el trabajo. Ahora quiero que me lean.
Tus composiciones poseen un ritmo interno que sugiere ruptura y continuidad a la vez. ¿Cómo decides cuándo una obra está “completa” dentro de un universo fragmentario que tiende a expandirse?
No creo que estén completas; forman parte de un continuo. El soporte es una excusa: la narrativa sigue fluyendo. El marco expositivo permite fijar un corte temporal y presentar una obra como acabada, pero en realidad se trata de un universo en expansión del que extraigo capas para concretarlas en lienzo o papel. Trabajo dentro de las limitaciones del soporte, que también condicionan la materialización de cada fragmento.
El gesto pictórico en tu trabajo se percibe casi como un acto performático. ¿Qué papel juega el cuerpo, su impulso y su límite, en la configuración de estas escrituras visuales?
El cuerpo es un elemento más de este imaginario. Puede aparecer casi figurativamente o como movimiento, lo que llamo su sombra. Su presencia acecha y abre canales de información, pero siempre contenida por sus propios límites. Ahí emerge la metainformación: aquello que no reside en la figura explícita, sino en lo sugerido, en lo que se despliega más allá del gesto corporal directo.
La exposición se presenta en un contexto universitario, espacio de pensamiento y análisis. ¿Cómo imaginas el diálogo con un público que se aproxima desde la investigación y la crítica?
Exponer en La Nau me ofrece un público diverso: universitarios y transeúntes, ya que el espacio está en pleno centro de Valencia. Mi obra es para todos. Desde que sale del estudio deja de pertenecerme y se integra en un contexto expositivo, curatorial e histórico que habilita nuevas lecturas. Le deseo evolución, pero me desprendo del sobreanálisis cuando la obra entra en el mundo.
La fragmentación puede entenderse como pérdida o como posibilidad. En tu caso, ¿qué dimensión te interesa resaltar: la herida, la reconstrucción o la relectura?
Me interesa la reconstrucción y la relectura. Mis piezas pueden resultar incómodas o atípicas, pero parten de un impulso esperanzador: atar cabos, proponer conexiones entre fragmentos. No me considero pesimista; busco generar incomodidad para abrir conversaciones. Si romper con lo estético activa esas discusiones, lo asumo sin reservas.
La materialidad en tu obra es contundente. ¿Cómo eliges los soportes y texturas que acompañan estas “escrituras” y qué peso simbólico adquieren dentro del discurso de la muestra?
Además de artista, investigo materiales desde una perspectiva técnica. La elección del soporte es integradora: el lienzo puede permanecer en blanco en ciertas zonas o revelar su textura, como un cuaderno escolar o un bloc de bocetos. La madera y el papel forman parte de esta exploración, a veces evocando etapas más tempranas y espontáneas de mi práctica. La materia pictórica, aplicada en capas, define el mensaje tanto como el soporte; su fragilidad o resistencia incide en la lectura de cada obra. Siempre hay intención detrás de esas decisiones.