Esta semana Banksy plasmó en un muro de los Tribunales Reales de Justicia de Londres, la inquietante imagen de un juez golpeando a un manifestante con un martillo. Duró muy poco. Casi tan rápido como apareció, fue borrada. ¿Qué queda? Un rastro, un rumor, una conversación. Y la pregunta persistente: ¿es esto arte, o es el acto mismo de borrarlo parte de la obra?
Las intervenciones de Banksy nacen ya marcadas por su fragilidad. Pintadas en muros públicos, su supervivencia depende de la conveniencia política, de intereses inmobiliarios o incluso de la paciencia efímera de quienes no toleran su aguijón. Son obras destinadas a morir jóvenes. Y, sin embargo, paradójicamente, su desaparición amplifica su presencia.
Cuando un Banksy es borrado, la gente no deja de hablar. Al contrario, el silencio del muro grita más fuerte que la plantilla que alguna vez lo ocupó. La ausencia se convierte en acusación. El martillo borrado de aquel juez sigue cayendo sobre nosotros, no por lo que representaba, sino por lo que revela su supresión: censura, miedo, la incapacidad del poder de tolerar la crítica. ¿Acaso demandaría Banksy? Difícilmente. Toda su carrera se basa en la tensión entre autoría y anonimato, entre creación y desaparición. ¿Quién es Banksy? Nadie lo sabe, o todos lo saben, según se mire. Su falta de rostro es quizá su declaración más radical. El artista no es el centro; el mensaje sí lo es. En un mundo obsesionado con las firmas y los derechos de autor, Banksy renuncia a la seguridad de la propiedad. Ese gesto, en sí mismo, es crítica social.

Pero miremos más a fondo. El borrado de un Banksy también nos habla de la memoria. ¿Acaso la vida no se construye sobre lo que se desvanece? A menudo pensamos en nuestros cuerpos como imperfectos, pero yo creo que estamos hechos a la perfección, precisamente por la manera en que olvidamos. Imagina si la memoria fuera despiadada, obligándonos a revivir cada dolor, cada humillación, cada contracción de parto que nuestras madres soportaron para traernos al mundo. Imagina recordar la nalgada del médico en nuestra piel recién nacida. ¿Qué clase de existencia sería esa? Sobrevivimos gracias al borrado. Olvidar no es un defecto; es un regalo. Y, sin embargo, el fotógrafo Anton Corbijn dijo una vez: «Siento que la imperfección está mucho más cerca de lo que es la vida que la perfección». Quizás ambas visiones sean ciertas: perfección en el diseño de nuestra fragilidad, imperfección en la textura de la existencia. Entre ambas se encuentra la paradoja que nos define y que también define al arte. El muro borrado de Banksy es a la vez una falla y un diseño, un accidente y una necesidad.
Entonces, ¿fue este un acto de censura? Sí. ¿Fue también arte? Quizás aún más. Porque en su borrado, la obra trascendió lo material. Dejó de ser una plantilla para convertirse en herida, en debate, en memoria. Banksy lo sabe, o al menos su obra nos lo recuerda constantemente: el arte no es solo lo que vemos, sino también lo que perdemos. Y quizá esa sea la lección final: nuestras vidas, como los muros de Banksy, se moldean no solo por lo que se preserva, sino también por lo que desaparece. Ser humano es soportar el martilleo constante del olvido, y entender que incluso en lo que se desvanece, sobrevive el sentido.