De la serie Pensando con la cámara
Hay un niño en la sala. Lleva puesta una camiseta naranja que brilla como una llamarada en medio del mármol dormido del museo. Está sentado, encorvado, consumido por la pantalla de un teléfono que parece haberle chupado el alma por los ojos. Tiene el ceño fruncido, los pulgares apurados, y todo el mundo cabe ahí dentro, en ese puñado de vidrio. No ve nada de lo que lo rodea. Ni la escultura griega a su derecha, que lo observa —no con condena, sino con una ternura helada, como la de una madre que ha perdido a su hijo en una dimensión que no entiende.
La figura esculpida en mármol alguna vez fue parte de un templo. Era una diosa o una virgen, o quizás solo una mujer cualquiera que el escultor idealizó con la forma de la belleza eterna. Hoy no queda templo, ni culto, ni oración. Solo ella, petrificada y rota, testigo del silencio. Se inclina suavemente hacia el niño como si quisiera decirle algo, susurrarle una advertencia desde el más allá: “Mírame. Estoy hecha de siglos. Tú apenas llevas diez años. No te entregues tan pronto al olvido.” Pero el niño no escucha. Está dentro del túnel sin salida del algoritmo. Allí adentro no hay dioses, ni mitos, ni historia. Hay notificaciones.
El museo calla. Las paredes respiran esa melancolía pesada de los lugares sagrados que han sido profanados con amabilidad. Ya no se viene a aprender ni a contemplar. Se viene a descansar los pies, a usar el wifi, a sentarse bajo el aire acondicionado y a tomarse una selfi con el pasado como fondo borroso.
El niño —llamémoslo Noah— vino con su madre, pero ella se perdió en otra sala, buscando arte medieval para una clase de historia que da en la secundaria. Noah no quiere saber nada del pasado. No le importa la guerra de Troya, ni el Renacimiento, ni el mármol de Paros. Noah quiere terminar su juego. Matar al dragón. Subir de nivel. Escapar.
La escultura también escapó alguna vez. Fue saqueada, transportada, vendida, donada. Sobrevivió a terremotos, a invasiones, al fuego, al descuido. Y ahora está allí, detenida en su pedestal, viendo cómo el futuro que nunca imaginó se le sienta al lado… y la ignora. Noah no está solo, pero tampoco está con nadie. Esa es la verdadera tragedia: no que el niño use el teléfono, sino que el teléfono lo use a él. Lo aísle. Lo disuelva.
Nunca la humanidad tuvo tanto conocimiento al alcance de los dedos y, sin embargo, tan poca voluntad de mirar alrededor. Hoy caben bibliotecas enteras en el bolsillo, pero ya nadie quiere leer. Hoy podemos ver el mundo entero desde el baño, pero no reconocemos la cara del vecino.
La escultura lo mira. No juzga. Solo espera. Como todo lo sagrado que ha sido desplazado por la prisa. Y el niño… sigue tocando la pantalla, sin saber que al levantar la vista podría encontrarse con una pregunta que ningún videojuego puede responder:
¿En qué momento dejamos de tocarnos?
(Publicado dentro del proyecto Cartografía emocional de New York)